El Recreo Autores
Anddy Landacay Hernández (El Recreo)
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El Recreo

Titulo    Anddy Landacay Hernández  
Descripcion:  Juan Gonzalo Rose afirmó alguna vez que el gran problema de los poetas era que estos tendían mucho a hablar de si mismos; y yo le doy toda la razón del mundo.

Pues bien, por ese motivo hoy haré uso de aquel afán narcisista que envuelve a los profetas de la palabra, para referir algunos pasajes de la vida que me ha tocado llevar; es decir una vida sin ningún mérito más que el de la supervivencia y del terco e iluso afán de alcanzar ese preciado tesoro al que algunos llaman felicidad.

El primer capítulo de mi vida , para desgracia del arte y el buen gusto, se escribió en mayo de 1980...
En aquella fecha histórica para la deshumanidad ,mis ojitos vieron la luz por primera vez y mis pulmones recibieron el cálido abrazo del smog y la contaminación de nuestra querida ciudad capital.

Transcurrido el tiempo, mis padres procuraron brindarme todo el amor y la protección que se le da quien todavía tiene el privilegio de usar pañales y de recibir el engreimiento masivo de tíos, abuelos, y demás sapos que se asoman por la cuna.

Por esos momentos, nunca tuve ni más ni menos de lo que necesité, no me puedo quejar, e incluso me atrevería a decir que hasta fui feliz.

Fui creciendo y llegó el instante de dejar por primera vez el hogar, alejarme aunque sea un ratito de los seres más preciados del mundo para ir a ese lugar aterrador y oscuro donde sería sometido a la más cruel de las torturas: juntarme con otros seres igual de insoportables que yo. Sí señores, me estoy refiriendo al colegio.

Bernard Shaw ironizaba acerca de ello: "mi educación fue muy buena hasta que ingresé al colegio", y créanme, eso lo he comprobado hasta el cansancio.

Lógicamente mi primer día de clases fue horroroso. Mi madre (muy detallosa ella) me había vestido con uno de esos pintorescos mandiles azules y de corolario me plantó en el cuello una encantadora corbatita michi de color roja. (esa fue la primera vez que supe lo que era el ridículo) y además mi cabeza lucía el típico peinado de la rayita al costado. La cara de tarado que lucí ese día no me cabía en el cuerpo.

Mi adorada progenitora refiere que en ese momento empecé a llorar como un niño judío en campo de concentración nazi, y que no me quería soltar de su pierna (después de todo lo contado anteriormente creo que con razón) y hubiera seguido así, de no ser porque la profesora de mi aula salió de pronto y amenazó dulcemente con ponerle pañales a todos aquellos que siguieran jodiendo como yo.

Una ráfaga de la cultura machística asomo de pronto sobre mi cabeza y como por arte de magia, dejé de llorar.

Así transcurriría mi año en el jardín de niños, cantando, haciendo rondas, pintando con los dedos, jugando con plastelina y todo un mundo de fantasía propio de Walt Disney.

Cuando llegué a la primaria la cosa se puso un poco más seria (empezando por el uniforme que sin gustarme, (por lo menos era más decente); ya los profesores te trataban con menos complacencia y los compañeros comenzaban a darse cuenta de las diferencias entre unos y otros. Ya los de cabello rubio y ojos claros comenzaban a mirar con cierto recelo a los de color oscuro y a los mestizos; es decir ya empezaban a hacer uso de su peruanidad, es decir de esa fuente inagotable de la cojudogenia social.

Y dentro de ese contexto siempre buscaba la armonía y la cordialidad (claro que a veces se transmutaba en un par de jalones de pelo) para llevar la fiesta en paz.

Siempre fui un muchacho tranquilo y hasta tuve el descaro de ocupar el primer puesto durante los seis años que duró la primaria.

Todo lo ocurrido hasta aquí, es decir hasta el año de 1988, tuvo como escenario el distrito clasemediero de Jesús María.


Lo bueno viene a partir de ese año en adelante. Año en que por cuestiones del destino y sobre todo del sueño de la casa propia me llevaron a trasladarme al populoso distrito de SAN JUAN DE LURIGANCHO . Claro que para mí en esas circunstancias, el cambio no significaba absolutamente nada.

Las diferencias abismales entre ambos distritos las notaría años después, cuando me preguntaba porque no teníamos energía eléctrica, ni agua potable como en mi anterior distrito. También me di cuenta cuando el taxista nos mandaba al carajo cuando le pedíamos una carrera a las 9 de la noche hasta mi pequeña casita. El sólo nombre del distrito causaba pavor en esos tiempos... tiempos de pólvora y dinamita.

Lo bueno de todo es que a raíz de mi nueva ubicación geográfica aprendí que el mundo no se acababa en Jesús María, y que no era lo mismo caminar sobre el asfalto que hacerlo sobre piedra y tierra; y aprendí que la vida no era fácil, nada fácil.

En el colegio no me fue difícil hacer amigos rápidamente, tan sólo tuve que fingir que me gustaba la chicha, los casinos, el trompo, las bolitas y escupir al último de la fila... nada más.

Por aquella época mi vida tuvo su período más intrascendente.

En 1990, creo que cursaba el quinto o sexto de primaria ( no lo recuerdo exactamente), apareció en el escenario político un chinito de sonrisa carismática y cachacienta . Lo recuerdo bien porque durante su campaña tuvo la gentileza de pasar por las calles de mi barrio regalando papas y camotes a todos los que le prometieran votar por él.

A partir de ese día descubrí los beneficios de la política.

El problema empezó cuando los camotes y las papas se nos acabaron, y una vez en el poder el chinito lindo nos metió la yuca a todos con el megashock, ceremonia que fue anunciada como la venida del armagedón por el ministro de economía de entonces a través de los canales de televisión. Aun recuerdo sus palabras cargadas de fe: "que dios nos ampare".
Y por culpa de esas palabras, el creador indignado, nos desamparó. (¡grande hurtadito!)

A partir de esa fecha supe que el hambre y la miseria son palabras incapaces de encerrar su verdadero y atroz significado.

La vida me enseñó a esperar. A esperar en las interminables colas que se hacían para recibir unos litros de agua que brotaban del camión cisterna que llegaba a la zona semanalmente.
A esperar en el mercado ansiosamente para conseguir como sea patitas y cabezas de pollo para una vez en casa freírlas con un aceite de dudoso color.

Los años pasaron y la situación económica fue mejorando de a pocos.


Por lo menos habíamos dejado de lavarnos los dientes con sal, y en nuestro baño lucíamos orgullosos la cajita amarilla de un refrescante Kolynos....ahhhh.

Los menores como yo , jugábamos fulbito como todo el mundo en la pista, con los célebres arcos de piedra (previa medida con el pie) y con la clásica piconería de barrio. Como yo no jugaba ni bolitas, me mandaban siempre al arco, y bueno, se puede decir que cumplía mi papel con decencia y hasta me gustó el puesto.

Cuando llegué a la secundaria pensé que solamente sería una prolongación de la primaria, pero admito que me equivoqué:

¡la secundaria era una selva indescifrable!

Cuando estaba en primero seguía siendo un muchacho tranquilo, cuya única actitud rebelde era quedarse cinco minutos después de la salida. Era supersano, incluso con deseos de convertirme en sacerdote jesuita y de cargar durante todos los octubres de mi vida la imagen del Señor de los Milagros y de prenderle velitas de ser necesario al señor de Muruhuay.

Vemos pues en que momento la iglesia perdió un gran eclesiástico. (¿?).

Cuando cambié de colegio el proceso degenerativo se aceleró. Y las cosas se pusieron interesantes cuando descubrí que en aquel claustro del saber no existían las rivalidades primariosas entre varones y mujeres; y muy por el contrario se respiraba un extraño y malicioso ambiente de afinidad que hasta entonces desconocía.

Pera ser justo tengo que decir que aquellos coincidieron con la etapa más caprichosa de la humanidad, etapa donde las hormonas se trastornan y uno se llena de pelos por todas partes. Fui víctima de la sociedad y la pubertad. Entonces se me dio por practicar el sano deporte de perseguir a todo aquello que tuviera cabellos largos y faldas muy cortas... ¡juventud divino tesoro te vas para no volver!

En esos años seguía coleccionando diplomas por aprovechamiento y conducta (según consta en el cartoncito) y por uno que otro talento artístico en el dibujo y la pintura.

El colegio era una selva total; todos los días alguien "pagaba pato", y yo por no dejarme me vi obligado a pelear dos veces. La primera vez estuve tan iracundo que hasta cometí el error de ganar (no se como, pero no puedo negar que fue una de las más grandes satisfacciones de mi vida) y de paso hacer ganar a un par de amigos que tuvieron la fortuna de apostar por mí.

La segunda vez mi ego estaba tan elevado por la primera gran victoria que en ese momento hubiera sido capaz de pactar un encuentro a 10 rounds con Mike Tyson o con el diablo de South Park. La pelea causó gran expectativa. Y a mi ya me estaba gustando el asunto, pero el triunfalismo no paga, así que me dieron una soberana sacada de mier... que lo único que recuerdo es que a partir del primer golpe decidí colgar para siempre los guantes de box.

Mi colegio era un desastre, no me cansaré de decirlo. Ni disciplina, ni estudio. Sólo vagancia, fiesta y pelea. Con decirles que con lo poco que yo estudiaba sacaba siempre los primeros puestos. "En el mundo de los ciegos el tuerto es rey", reza el dicho.

El quinto año de secundaria debe ser sin duda el que más imágenes grabó en mi memoria. Como no. Era el año de la despedida, el año de la perdición total, del relajo in extremis.

Y sobre todo , el año en que descubrí el amor. (perdón por la nostalgia)


Cuando la vi por primera vez cruzar el portón amarillento del patio, me quedé petrificado frente a ella, con la misma cara de cojudo con la que había llegado años atrás al jardín de niños.
Como no recordar aquella sonrisa y aquellas mejillas de niña inocente. Como no recordar aquella mirada celestial que era digna de toda fe.

Todavía recuerdo como estaba vestida. Tenía un buzo azulino que le quedaba perfecto y su polo blanco con una hermosa bandera británica... parece que fue ayer. Pero no fue ayer.

Desde entonces nació en mi algo que no había experimentado antes, un mal del que nadie me había prevenido, y al que sin embargo todos los seres humanos estamos expuestos.

Esa sensación extraña me hacía seguirla por donde fuera, aunque haya sido tan sólo para contemplarla de lejos y ver su sonrisa fatal.


Era demasiado tarde, estaba enamorado.


La primera vez que le hablé fue un 6 de junio de 1996 .Si mi recuerdo es tan preciso se debe a que de aquella fecha se decía que era el día de la venida del anticristo y del consiguiente fin de la humanidad (bueno a veces el esoterismo no se equivoca).

Aquella semana era de exámenes. Ella pertenecía a un grado menor que el mío. Y la razón por la que estábamos en el mismo salón se debía que a los profesores se les ocurrió la brillante idea de entremezclar alumnos de diferentes años para evitar así los famosos plagios científicos.

Cuando entré al salón la vi sentada en la primera carpeta junto a una mocosa que leía con detenimiento su cuaderno. En ese instante fui corriendo hasta su carpeta y me senté a un costado.

Por fin estaba junto a ella. Podía verle el lunar oscuro sobre su cuello blanco, su fina piel de muñeca, su sonrisa. El mundo había desaparecido en ese momento. Sólo éramos ella , yo y.... y..... ¡esa mocosa impertinente que estaba en el medio!


Ella se reía con disimulo, miraba hacia otro lado, tomaba con las manos sus hojas y fingía que las leía.
De pronto me armé de valor y sin importarme el adefesio que se interponía entre ella y yo, rompí mi silencio con la pregunta más cojuda del mundo: ¿qué es lo que estás leyendo?

No puedo negar que me ruboricé un poco. Ella me respondió con la delicadeza del caso que era su trabajo de psicología. Yo sólo atiné a decir ¡ah!, sintiéndome el ser más mentecato de la tierra.

El examen había comenzado. Mi prueba la respondí en cinco minutos, pero me quedé allí, para mirarla con deleite.

La mocosa impertinente también terminó su examen, sólo que ella si se fue.

Por fin , ahora si estábamos los dos, los dos y 45 personas más.

Pero ,cuando menos ella y yo nos encontrábamos en la misma carpeta.
Me acerqué más y le ayudé a resolver su examen. Me lo agradeció con una gran sonrisa.


En esos meses caminaba por las nubes y amaba al mundo, mi abstracción sólo era comparable con la de Augusto Pérez de Niebla o la de un hombre que ha fumado en demasía. Ella era el eje sobre el cual giraba el mundo, osea mí mundo .

Hasta tal punto había llegado mi estado de alienación que incluso ya imaginaba mi boda con ella, y ya había pensado en los nombres que llevarían nuestros cinco hijos (perdón, yo mismo me río de tanta candidez).

Todo para mí marchaba sobre ruedas y mi sentimiento era tan grande que alguien podía chocarse con él , estando a metros de distancia.
Y todo iba muy bien en mi mundo platónico. Hasta el día en que mis dos mejores amigos me llevaron casi a rastras hacia la casa de la mujer amada para prácticamente obligarme a que le declarara mi amor.
¡no seas cojudo hombre! ¡mándate! ,exclamaban mis compadres mientras cada uno me tomaba de un brazo hasta situarme frente a la puerta de mi musa.

Los perros ladraban desde dentro. La noche de aquel viernes 13 de septiembre era fría, muy fría.

Pero ya no había marcha atrás.

Ella abrió la puerta y me recibió con un "hola" y un beso en la mejilla. La noche se iluminó de pronto.

No me importaba ni el borracho que cantaba LA COPA ROTA en frente de nosotros, no me importaba ni mis amigos haciéndome extrañas señas a lo lejos, sólo me importaba ella y nada más.

Los perros seguían ladrando.

En ese momento una extraña fuerza recorrió mi cuerpo y al salir por mi boca, se convirtió en dos palabras: te quiero.

Hubo luego un silencio enigmático.

La vi sonreír de pronto, los ojos le brillaban, estaban cargados de piedad.

Me preguntó si quería la respuesta en el momento o si quería esperar hasta el día lunes.

Yo, con la cabeza tambaleándome le dije que podía esperar. Que se tomara su tiempo. Que qué eran unos días más. ¿qué eran unos días más?... fueron tres días en que no pude dormir. Por eso Cioran tenía razón cuando afirmaba que el insomnio era una lucidez vertiginosa que convertiría al paraíso en un lugar de tortura.

Yo lo comprobé en vida.

Y en resumen, para no hacerla más larga, les contaré estimados lectores que ella me dijo que NO, así de simple. Claro que huyó de mi durante tres días para no darme la ingrata respuesta, pero finalmente tuvimos que vernos las caras y me dijo que NO.

Evidentemente el mundo se me vino encima como un huayco y mis amigos tratando de consolarme me llevaron a jugar super nintendo , y por mi estado evidente perdí todo.. todo.

Pero en medio del dolor y la oscuridad, nació una luz especialmente maravillosa (aunque parezca un oxímoron) , nació un momento de lucidez precisa y en el cual descubrí que las lágrimas se podían volcar en una hoja y hacer poesía.

Eran las tres de la madrugada, cuando comencé a soltar sobre la hoja rayada tamaño oficio todo el cúmulo de ideas que tenía en la cabeza.

Al final parí un verso inmenso, horrible y simplista. Un engendro que seguramente don Ricardo Palma llamaría y con toda justicia "una Oda chapucera". No obstante ese poemita fue la sensación de mi compañeros, poco acostumbrados a leer poética de calidad y poco acostumbrados a leer algo.

Lo importante de todo ese milagrito poético es que marcó el inicio de mi carrera anónima de escritor. Y desde entonces no se me ha quitado la mala costumbre de escribir.

Lo que siguió al colegio fue una breve etapa de bohemia y despilfarro, donde lo único que me importaba eran la bebida y las mujeres.

El tiempo me hizo reflexionar (y mi deteriorada salud también) dándome cuenta de que ese estado no me hacía feliz en lo absoluto, así es que decido enclaustrarme durante varios años en absoluta dedicación a la lectura y a la creación literaria. Los años de invernación me hicieron subir rápidamente unos 9 o diez kilos, perdiendo para siempre la imagen escuálida que tenía hasta ese entonces.
Pero no sólo perdí esa imagen, sino también la fe en dios (por lo menos en el dios cristiano) y en todo aquello que tuviera que ver con cuestiones teológicas.

Por aquellos años me volqué de lleno en las ideas socialistas y entonces en boca sólo estaban Marx, Engels, Lenin, Trostky, Mao y del Perú lógicamente Mariátegui y Jorge Del Prado.


Entonces me volví un romántico y pensaba que el país se podía cambiar con unos cuantos discursos y un poco de esfuerzo y que obviamente la transformación llegaría por el camino de la revolución marxista.

Era el perfecto idiota latinoamericano que se paraba frente a la embajada de los EEUU con un cartel que decía ¡Yanquis go Home! y que rechazaba ponerse zapatillas Nike o tomar Coca-Cola., porque eso contribuía a la explotación de la clase obrera.

Cuando ingresé a la Universidad mis conocimientos acerca de los asuntos marxistas y mis largas tertulias acerca del papel de las universidades en la praxis revolucionaria y del problema de Cuba, hicieron que me ganara rápidamente el san benito de ROJO, COMUNISTA, CAMARADA y un largo etcétera. Incluso una vez sostuve un debate con mi pata el chino que era seguidor de la ideas neoliberales, un debate que fue un verdadero intercambio de mocos y babas y que hubieran causado la indignación tanto de ADAM SMITH como de CARLOS MARX.

Sin embargo la realidad hizo estragos en mi idealismo juvenil y poco a poco me fui decepcionando de la esperanza de cambio, de mis propias proclamas y del país. Me sentí como Zavalita preguntándome en que momento me jodí y en que momento caí en este fatalismo casi islámico.

Luego de mi último cambio, deseché mis poemas revolucionarios con dedicatoria a los líderes de izquierda, para adentrarme más a cuestiones existenciales y filosóficas. Comencé a leer a Sartre, a Nietzsche , a Camus, a Shopenhauer, a Ciorán y los resultados saltan a la vista: una visión totalmente angustiante y desgarradora de la vida.

Oscuridad de la que no me he podido librar hasta el día de hoy, así como no puedo librarme de esta jodida y caprichoza humanidad.



 
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Enviada por:  Fecha:  Vista:  Categoria 
LANDACAY  03 Septiembre 2005 a las 20:45  1990  Colaboradores de la web 


 

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