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 ¡ AL LADRÓN !

Cuentos cortos, relatos de terror, misterio, suspense, románticos, ciencia ficción, dramáticos...
 
¡ AL LADRÓN !
Publicado por pau (Original de - El prepucio de los eunucos.) 23 Mayo 2013 11:42

Consecuencias de una guerra. Miles de ciudadanos que nunca volverán a pisar su ciudad. Ciudades plagadas de escombros y cascotes, entre los cuales corretean los niños que juegan a sus propios juegos de guerra. Calles por las que deambulan cabizbajos individuos pertenecientes al pueblo de los perdedores, a aquellos que pertenezcan al bando que pertenezcan, siempre salen perdiendo.
Una larga cola se forma frente al barracón de suministros, en espera de la hora del reparto de las raciones. En medio de la cola coincidieron Caleb y Melmoth, dos viejos amigos, veteranos del frente. En realidad, Caleb no celebró en absoluto este encuentro, aunque fingiera todo lo contrario, pues sin ser mal camarada, Melmoth era un tipo de pocos escrúpulos, a quien en plena guerra, había visto dar verdaderas exhibiciones de crueldad. Su inesperada compañía, trajo consigo olvidadas sensaciones, que más valía seguir olvidando.
Algunos turnos por delante de ellos, estaba Enoch, quien no les conocía de nada, pero que sí era conocido a su vez por Melmoth, quien sí que lo recordaba de antes de la guerra.
-¿Sabes quién es ese?- Preguntó a Caleb.
-Ni idea- Respondió éste.
-Era banquero. Un usurero que estaba podrido de dinero, y que se libró del frente con sobornos-.
A lo que Caleb respondió,-Pues no parece haberle servido de mucho, si tiene que venir aquí a mendigar pan-.
Melmoth parecía no tener en mucha estima al tal Enoch. Afirmaba que seguro que el usurero tenía dinero escondido, y su creciente inquina, desembocó en una mala idea.
Le voy a robar su ración–, dijo Melmoth. –Si quieres, la compartimos, sé que tu tienes familia y te vendrá bien un extra. Ese es un perro. Tiene dinero para comprar carne fresca, pero viene aquí por pura avaricia-.
Caleb, comenzó a reconocer el instinto de fiera que recordaba en Melmoth y como le contrariaba que éste siempre quisiese arrastrarlo a sus crueles iniciativas.
-Mira, Melmoth. Eres un camarada y sé que te debo muchos favores, así como también he intentado ayudarte siempre, pero la guerra ya terminó, y por otro lado, no quiero ser un ladrón. Ni de un tipejo como ese-.
En su fuero interno, no dejó de pensar en sus hijos y en lo realmente bien que les iría el poder llenar la barriga un poco más que de costumbre. Era absolutamente desolador ver como crecían los niños, cada vez más escuálidos, o su propia y ajada esposa, a la que casi no fue capaz de reconocer cuando volvió de la guerra, de tan estropeada que estaba.
La cola avanzaba lentamente. A medida que los hombres llegaban al barracón, y previa muestra de su cartilla convenientemente sellada, recibían un paquete con el emblema del gobierno grabado en un lado, que contenía unas dosis de sopa pulverizada, comprimidos de proteína cárnica y tabletas de verdura y legumbre. Contenido con el cual habían de subsistir los tres días que mediaban hasta el siguiente reparto.
Le llegó el turno a Enoch.
-En cuanto salga, le seguiré. Seguro que va por la vía estrecha. A la altura del callejón le doy un porrazo y le cojo el paquete. Tú espérame aquí y guárdame el turno, vuelvo enseguida-.
En unos minutos, Enoch salió del barracón y Melmoth salió de la cola, como un depredador. Con el mismo arrojo con el que Caleb recordaba haberle visto en combate. En aquellos duros tiempos, Caleb apreciaba tener al lado a un tipo como Melmoth, pero ese tipo de persona era alguien de trato inconcebible en la vida civil. Era un buscavidas que siempre andaba metido en follones, como ahora.
La cola siguió avanzando lentamente y el turno de Caleb ya estaba próximo. Si Melmoth no llegaba a tiempo, no tendría más remedio que entrar a por su propia ración y dejar que aquel perdiese su turno, aunque probablemente, en esos momentos ya se había hecho con otra ración.
Y así resultó ser. En pocos minutos, Melmoth regresó, llevando un macuto colgado de su hombro y que antes no estaba allí.
-Fue de lo más sencillo-, dijo con toda calma Melmoth.
–Cuando entró en el callejón, agarré un pedrusco y me lancé sobre él. No tuvo tiempo ni de girarse, le di de lleno en la sien y se derrumbó como un pelele-, y señalando el macuto añadió, -esto está lleno, te lo dije, ese tío venía aquí por avaricia-
Metió la mano en el macuto, y después de revolver un poco en el interior, extrajo una cartera. No había dinero, solo unos vales sin valor y una fotografía familiar en la que Enoch aparecía rodeado de quienes que parecían ser su esposa e hijos. Al sacar la foto, apareció un papel doblado, que resultó ser una carta de licencia con honores. De manera que Enoch sí que había combatido y por lo que decía el documento, era un héroe de guerra.
A Melmoth este hallazgo no pareció importarle demasiado.
-Lo hecho, hecho está-.
-Deberías devolver esa bolsa, es de un veterano, además, tiene familia. No podemos hacerle eso-.
Melmoth ignoró por completo la demanda. Volvió a dejar la cartera dentro del macuto. Nuestro turno había llegado.
Al salir del barracón con sus propias raciones, Melmoth le dijo a Caleb, -Te ofrecí participar y tú rechazaste hacerlo, así que espero que no pretenderás que te dé nada, pero te puedo pasar unos comprimidos a buen precio-.
Caleb sonrió. –Ya sabes que no tengo ni un céntimo y también sabes que no me vas a fiar, ni lo harías aunque mis hijos se murieran de hambre-.
Melmoth hizo gala de su agudo sentido del tacto y mencionó algo que debería haber callado.
-Es que la gente parece no darse cuenta de que este mundo no está hecho para traer niños. Los condenáis antes de nacer, y aun pretendéis ser buenos padres-.
-Por eso no has tenido hijos. Por eso no tenías escrúpulos si tenías que disparar a niños. Eres un cabrón Melmoth-.
Y tras proferir estas palabras, Caleb golpeó con todas sus fuerzas a Melmoth en la cabeza con un palo que cogió del suelo. Tendría raciones suficientes para que sus hijos comieran con inusitada profusión en los próximos tres días.
Incluso le sobraba una ración. Le sobraba la de Enoch.
Retrocedió para dirigirse al callejón donde probablemente aun estaba Enoch inconsciente. Si le encontraba, le devolvería el macuto. Cuestión de camaradería. Nunca debe traicionarse a un camarada del frente, y si alguien lo hace, se merece el peor castigo, por eso Caleb golpeó a Melmoth hasta que se aseguró de que éste ya no podría volver a molestarle, y por eso intentaría arreglar la indignidad que podría suponer la inanición de un colega y su familia. Una familia como la suya propia. Era una cuestión de honor.
Al llegar al callejón, Caleb no vio ni rastro de Enoch, solo después de revisar minuciosamente el suelo, distinguió lo que podría ser una mancha de sangre.
De repente sonó una potente voz de alarma. -¡Al ladrón! ¡Lleva mi bolsa!-
Caleb giró sobre sus talones y reconoció a Enoch, a pesar del vendaje que le cubría media cabeza. Estaba rodeado de policías y señalándole en actitud abiertamente acusatória.
Caleb se apresuró a explicarse, mientras echaba mano del macuto como para devolverlo, pero antes de llegar ni siquiera a tocarlo, recibió un fuerte impacto en la nuca que le dejó inconsciente. Otro policía cuya presencia le había pasado por alto, le atacó por la espalda, propinándole un formidable porrazo.
Caleb fue arrestado inmediatamente e ingresado en el sanatorio de la prisión central, presa de una conmoción cerebral de órdago. El hallazgo de una tercera ración, dentro del recuperado macuto, se asoció inmediatamente con el cadáver encontrado a pocas calles del barracón de racionamiento. Varios testigos recordaban haber visto juntos a Caleb y a Melmoth.
Por otro lado, nadie creyó la versión de los hechos que dio Caleb, quien fue duramente ajusticiado y pagó con la pena capital.


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