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 Domingos en el ártico

Cuentos cortos, relatos de terror, misterio, suspense, románticos, ciencia ficción, dramáticos...
 
Domingos en el ártico
Publicado por La Bohéme 26 Noviembre 2012 13:08

-Los días de lluvia parece que todo el mundo sea huérfano.

Era domingo.
Uno de esos domingos fríos, de cielo encapotado y luz tenue, donde parece que la ciudad, tan metida en su estado de enfebrecida actividad, entra en una especie de ralentización, en una cápsula de cristal borroso que densifica el aire y provoca que los minutos se arrastren agónicos.

Luz pensaba que hasta los semáforos parecían cambiar de color más lentamente, con la desgana de quien se sabe muerto en vida, atrapado para siempre en una hermética rutina.
Yo no la escuché, más que nada, porque estaba acostumbrada al tipo de incongruencias que soltaba y había aprendido a que, además, ella no quería que la escucharan siempre, sino que a veces, transcribía sus pensamientos a palabras dichas simplemente por mecánico intinto o por querer asegurarse de que la frase quedara plasmada con más fuerza en la pizarra de su memoria.

-¿No te habías fijado?

Levanté la mirada del libro que estaba leyendo. Allí estaba Luz, de espaldas a mí, en la cama de al lado, apoyada en el alféizar de la ventana, con un grueso jersey de lana blanca que le llegaba hasta los muslos y calcetines blancos con suelas grises. Haciendo correr gotas de lluvia entre sus dedos.

-Es curioso, los días que hay sol, miro a la gente y, si me da por preguntarme acerca de sus vidas, imagino que todos tendrán familias sonrientes que les esperarán después de haberse pasado todo el día de aquí para allá, mamás agradables y gordinflonas en delantal, que les hacen una comilona increíble en enormes cacerolas; uno de esos guisotes caseros que resucitan a un muerto, ¿sabes?. Cocido, carne con patatas. Me los imagino llegando a casa donde les espera alguien sonriente y sano, fuerte y rebosante de plenitud, como las vidas que parece que llevan. Papás y mamás alegres, hijos enternecedores y perros que les saludan cuando cruzan la puerta. Hipotecas ya pagadas, vidas resueltas y fines de semana en Benicàssim.
Pero en cambio, cuando sale un día de éstos, ¿sabes como te digo?, un día de perros, es como si emergiera toda la porquería y esa aura de lozanía que inunda el mundo se transforma en un barrizal. Ahora, ¿ves ese hombre calvo de allí, el que cruza la esquina? al llegar a casa no estará mamá o la parienta con un menú de diez platos, sino que será un triste viudo o divorciado que comerá una sopa de tomate fría y una lata de piña en almíbar.

Yo la oía en suave arrullo, porque nisiquiera se había girado para hablarme, pero supe distinguir todas sus palabras. Aunque parezca una tontería, cierto es que la enumeración del último menú me pareció tan desolador que me prometí a mí misma que jamás combinaría semejante plato con semejante postre.
No sé cómo hacía Luz para, con simples ejemplos tontos, poder envolverte en sus divagaciones como si fueran una telaraña viscosa y, lo peor de todo, es que te colocaba delante el prisma adecuado con el que ver la vida de la misma manera que ella lo percibía en ese instante.
Era como una optometrista, una chica en una sala enorme llena de cajones y, en cada cajón, cientos de gafas. Cada vez que ella te contara un pensamiento que constara de varios matices, te colocaría las gafas correspondientes, de manera que todo lo que estuviera al alcance de tu visión no podría escapar al filtro de las lentes impuestas.

A veces, me angustiaba pensar en ella, porque me enseñaba cosas que yo luchaba por no ver. Mejor acabar con ello cuanto antes. Dejé el libro en la mesilla.

-Anda, ven aquí.
Ella, como un resorte, saltó a mi cama, elástica y precisa, y comenzó a arrullarme. Noté la suavidad de la lana. Le acaricié el pelo, que tanto me gustaba ensortijar entre mis dedos, como si fuera agua rizada.

-¿Nunca te ha pasado, lo de ver a todo el mundo huérfano?
-No, la verdad es que no.
Ella calló un instante, la mirada perdida.
-En el fondo, todos no somos más que un glaciar.
-¿Un glaciar?
-Sí, masas de hielo inmensas, silenciosas, que fluimos lentamente a no sabemos dónde, congelados, pero, en cuanto un poco de sol nos toca, nos derretimos inmediatamente. Congelados. Y olvidados en el mar del tiempo.
-Eso lo dices porque está nublado, y porque eres idiota. Qué aires tienes de poetisa frustrada.

Soltó una risita que resonó en mi oído.

Lo cierto, es que esa tarde sí me sentí glaciar, tumbada con aquella chica, en una cama cualquiera, en una ciudad cualquiera, en un minuto cualquiera, mientras la ciudad ahí permanecía en silencio, abandonada y húmeda; dos chicas olvidadas esperando a que alguien, algún sherpa medio congelado, después de muchos días de trayecto, las encontrara y las salvara.Texto

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