Por ahora se encontraba sola en casa y por el momento, gozaba de un momento de tranquilidad. Cansada, tomó asiento en uno de los sillones de la sala, los últimos días habían estado llenos de actividades; si bien finalmente inició unas merecidas vacaciones, después de un arduo período de trabajo institucional, debió de organizar un viaje familiar que iniciaria en pocos días y del cual aún tenía que terminar de definir algunos detalles; con la Navidad ya cercana, tuvo que dejar listos algunos preparativos para esta fecha, antes de emprender el viaje y desde luego, debió de continuar con sus labores de profesionista independiente y ama de casa. Un poco mas relajada, saboreando su café con sabor a chocolate, recordó las Navidades de otras épocas, especialmente cuando era niña. La casa adornada, el árbol de navidad, las cartas a “Santa” y la emoción del regalo, que mágicamente aparecería al pié del árbol el 25 de Diciembre. Cerró un momento los ojos, mientras que acompañando a estos bellos recuerdos, también llegaba la nostalgia por los tiempos que se fueron. Sin duda, al crecer, se pierde la inocencia y con ella, las ilusiones y también la magia; ya no hay cartas a “Santa”, ni la emoción de descubrir los regalos que se buscan un día al despertar. Este era el precio que se tenía que pagar por crecer, pero sería hermoso, volver a creer. Después de un rato sumida en sus pensamientos, decidió contiuar con sus labores. Al levantarse se percató que sobre uno de los sillones, había una caja en la cual no había reparado. Estaba segura de no haberla visto momentos antes, extrañada se acercó lentamente. Era de mediano tamaño, estaba envuelta en papel blanco y en una de las esquinas, con una exquisita letra manuscrita, la cual no reconoció, estaba escrito su nombre. Asombrada, la tomó en sus manos, con el corazón latiéndole de prisa, abrió la misteriosa caja… se encontraba llena de sueños.
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