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Cuentos cortos, relatos de terror, misterio, suspense, románticos, ciencia ficción, dramáticos...
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A solas
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Me cuesta reaccionar, aún tardo varios minutos en responder a su llanto. Cada vez que sucede es como si algo estallará dentro de mi cabeza. Suele ser mi madre quien me increpa para que le haga caso y baje de las nubes. Papá se hace el sordo y me mira de soslayo como quien observa a un borracho dando tumbos por la calle.
Les escucho durante la noche, cuando se meten en la cama y mamá hace inventario de sus dramas y mis desastres. Antes era mi padre quien me defendía de sus críticas, siempre con una disculpa y un tono casi cómplice que me impelía a plantarme en la habitación y darle dos besos. Ahora papá se ha quedado sin palabras ni reproches. Su voz suena oxidada y las ojeras tiñen su cara de ceniza. Le echo de menos.
A solas, en las ocasiones que logro estarlo, se me escapan las horas delante del ordenador o vigilando los movimiento de ese bulto que descansa en la cuna. Lo vigilo temerosa de que comience a berrear en cualquier momento. No puede ser, es imposible que ese niño sea mi hijo, todo mi ser se revuelve contra esa idea. Lo miro intentando descifrar mis emociones y es una sensación de vacío la que se dilata en mi pecho, mientras que en el fulgor de sus pupilas percibo únicamente abismos. Quién es, qué es esta criatura para mí… Por él he perdido a mis amigas, que acortan sus visitas como las horas de sol en invierno, a mi madre, que ve cumplidas sus profecías, y a mi libertad, ahogada en cuanto rompí aguas. He dejado de ser yo misma para transformarme en mamá… su mamá. Pronunciarlo me quema la garganta. No hay huida más que hacia delante y me agota la inmensidad del futuro.
Cada nuevo gesto es un recordatorio de mi error. Sus manos, sus dedos, son de aquel chico… aún huelo el alcohol y el humo, nuestras carcajadas en un parque, el primer retraso, las dudas, los consejos y soluciones… el vértigo insondable de la primera ecografía. El parto y mi horror ante cada contracción, la sangre bañándolo todo, sus gritos y ese tacto gelatinoso y visceral. Ese momento desgarró mi adolescencia.
No sabe hablar y ya existen silencios entre ambos. Apenas se pone en pie y sé que habrá siempre puertas que nos separen. Al verlo en brazos de mis padres todo encaja y tan pronto como lo dejan en los míos noto las aristas de mi culpa tropezando con su inocencia. Dos piezas condenadas a encajar y un instinto aletargado que aletea con el destello inquieto de su sonrisa.
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