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Estudios de botánica
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Publicado por La Bohéme
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28 Diciembre 2008 14:07
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Todos los días te veo allí sentada, de 6 a 9 de la noche, desde la ventana. Con tu camiseta de pijama, tu pelo recogido, tus gafas, en un desesperado intento por ofrecer un aspecto cuidadosamente desaliñado que tan bien le queda a la actriz de moda de turno pero que no es jamás aplicable a personas terrenales y no respaldadas por retoques informáticos. Desde la perspectiva que ofrece mi habitación puedo ver que la mesa de tu escritorio está llena de papeles, de carpetas forradas con tus héroes del momento, de mil cachivaches; tu habitación es como una jungla. Una jungla que imagino de atmósfera caliente, casi asfixiante, producida, sin duda, por las innumerables horas que pasas allí dentro sin abrir la puerta, ni siquiera la ventana, aunque quién es el valiente que lo hace, con este frío que se adhiere a los huesos y al corazón. Quién se atreve, con el frío de tus ojos de escarcha. El flexo da a tu particular Irati un tono anaranjado; las sombras se adhieren, caprichosas a las paredes. Distingo tu perfil.
Una vieja máquina de escribir reposa en el centro de tu escritorio. Pensé en qué clase de jovencita podía decantarse en utilizar una máquina de escribir en plena era informática y me quedé con la idea que más me conviene y más me gusta: porque eres una romántica, amante de lo clásico, poetisa encerrada en un cuerpo elástico y tierno. Seguro que en la soledad de tu cuarto, tumbada en tu cama, con tus descalzos piecitos de bailarina, te dedicas a leer a Plath, a Nabokov, a Faulkner , a Dostoievski. A Blaubert. ¿Quieres más?
Bien cierto es que en contadas ocasiones te he visto utilizarla, pero cuando lo haces escenificas tan bien mi idea de escritora frustrada que no puedo menos que adorarte y odiarte, porque me pareces bellísima y terriblemente simple. Esto es, enciendes un cigarro, te recoges el pelo en un moño informal y dejas una taza de café frío en la mesa que poco a poco, progresivamente, será enterrada en folios arrugados, producto de tu ira, falta de inspiración y de talento.
Margarita. Ese es el nombre por el que, después de mucho deliberar, he optado por coronarte. Es simple, es clásico, pero sonoro, luminoso, con reminiscencias de puestas de sol, mañanas de campo y cielo azul, y, sí, también con un toque ridículo de tía abuela bonachona que nos prepara dulces cuando vamos a visitarla. Porque seguro que cuando tu crezcas y te ensanches, arrugues y te encanijes, amor mío, también prepararás dulces, y cultivarás bonitos geranios y tomarás el sol en tu balconcito leyendo poesía y tu única compañía será un jilguerillo que cantará deliciosas y chirriantes serenatas. Seguro que en casa te pegan mil gritos.¿ Qué haces ahí, encerrada siempre, en vez de salir y ponerte a trabajar? ¿Por qué te empeñas en no ser un deslumbrante florero que se dedique a coger llamadas en el despacho de un tipo importante, porqué te empeñas en no seguir al rebaño de don nadies que todos los días tienen que vérselas con una laberíntica rutina? ¿Por qué te empeñas en ser un maldito parásito, mi amor? Tienes razón, tú no puedes hacer eso. Mereces conservarte en una vitrina de museo, donde yo pueda todos los días ir a verte sin pagar, porque soy yo quien te descubrió. Llenaré todas mis estanterías con multitud de premios. Aparecerás en todos los libros naturalistas, posando así, de la misma manera que lees en tu cama, con tu camiseta de pijama, tus pantalones cortos, tu pelo castaño, tus gafas, tus uñas mordidas, tus labios suaves, tu olor a pan caliente, a libros viejos, a caramelos de menta. Y debajo, tu descripción, tus medidas, tu hábitat, tu alimentación (¿café frío y cuatro bocados a una tostada? ¿El tabaco cuenta como ingreso de nutrientes?) y también pondrá, como remate final, “número de ejemplares registrados en toda la historia en todo el mundo: 1”. Qué delicia, tú, única, mi amor.
Qué delicia, cuando te desvistes. Qué delicia los cuatro segundos que permaneces sentada en tu cama, dudando qué ropa ponerte, llevando solamente unas medias o unos calcetines blancos. Ojalá te diera por mirar hacia arriba por tu ventana, al edificio de enfrente al tuyo, y me vieras. Te asustarías, correrías la persiana, llamarías a la policía. ¿Y qué les diría yo, cuando tiraran mi puerta abajo y me vieran a mí, con la mano en los pantalones, mis ojos en lágrimas?
Obviamente, les diría la verdad.
Que pensaba en margaritas.
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Comentarios
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Comentario (
Nausicaa
- 30 Diciembre 2008 21:50)
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Me ha gustado tu relato, La Bohème. Está bien escrito y el final es de una lógica aplastante. Felicidades.
Un saludo, |
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El romanticismo del mirón pervertido. Muy bueno, me ha gustado el relato.
Un saludo |
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