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 El Rostro que no te imaginas

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El Rostro que no te imaginas
Publicado por Cesar Bernardo Ormeño Iglesias (Original de - Autoría del Autor: César Ormeño Iglesias) 28 Enero 2008 23:33



CUENTO




EN LA CIUDAD DE LOS PELADOS
Autor: César Ormeño Iglesias.








Sin oficio ni beneficio, Don Belisario, siendo paisano de los habitantes de Perúsalen, se dio título nobiliario de Marqués del Valle de los Piojos. Con esta razón de la sin razón, tomó tan en serio su papel de noble que fue a los huarangales y construyó un castillo de cartón. “¡Aquí reclutaré un ejercito de piojos”, dijo, y pensando que honraba a su patria haciendo servicio de caballero andante metió en una bolsa cien cajitas vacías de fósforos y caminó casi todo aquel día para encontrar el primer corral de aves. Tomó la corneta que tenía amarrada a la cintura y sopló notas marciales. En coincidencia con el perdido juicio de Don Belisario, imaginó ver a los piojos saltar de los cuerpos emplumados que, haciendo filas de soldados entraron a las cajitas cerrando sus puertas como cumpliendo alguna misión secreta
.
Don Belisario soltó un suspiro de satisfacción y siguió peregrinando en busca de otros batallones. De suerte halló un corral de cuyes tumultuosos, que, de tanto mirarlos se sumergió en los recuerdos. “No es posible”, dijo y se vio nadando en el mar de las conveniencias particulares. Tenía perdida la ciudadanía y con El los Insensibles que vivían en una ciudad de piedra, donde los pobres empeñaban sus sueldos a la baraúnda burocrática, que como termitas devoraban las paredes de la Casa de las Monedas.

Sacudió el pasado y se vio confundido entre animales puros e impuros, embarcados en los puestos gubernamentales. Y para meterse a partidario del primer representante fingió echar abajo a los que estaban arriba, con cuyos políticos subió al candelero para vivir a costillas de todo el mundo. Revolvió las imágenes y volviendo al presente quedo pensativo. “¿Esto hacen los Insensibles? ¡No puede ser!”, exclamó indignado, y ensillando su caballo de palo se largó a la chacra
.
Fatigado de este pensamiento abrevió su limitada cena, y ejercitando la ligereza de sus pies hizo honra a sus ejercicios andando por diversas partes de la campiña. Alumbrándose con velas vio en los bohíos pelar gallinas, matar cuyes, cocinar papas, hervir jamones alrededor del hambre que meneaba las tripas. Y mientras los fogones hacían comida, la borrachera celebraba la miseria acurrucada en la mesa infeliz de los cholos que comían pedazos de pan sobrados del estómago mal roído.
Al otro día, se acordó de recolectar más piojos, y como Quijote conquistador se vistió con armazón de caballero. Se llenó de tanto ánimo que tomó su caballo de palo y salió disparado en busca de aventuras. No había andado mucho, cuando se topó con un corral que hervía de pulgas. Era un establo de vacas flacas que danzaban en una orgía de sangre aguada. Don Belisario meneó la cabeza haciendo un gesto de lástima, y comparando los escenarios se acordó de los “Robamonedas” que arreaban sus burritos fiscales sacándole algo a La Mamá Patria y a su Papá el Gobierno
.
Siguió su camino y pasando por despoblados llegó a otro corral a la hora que anochecía “¡Alto!”, le dijo a su caballo de palo. Arrimándolo a la pared trepó un murito. “Aquí encontraré la otra mitad de mi ejército que descansa de la guerra”. Diciendo esto le vino a la imaginación las encrucijadas en tal trance que pensó que las hormigas que por allí venían eran soldados enemigos que trataban de acercársele para darle muerte. Como león rugiendo saltó embistiendo, pero al darse un cabezazo contra la pared cayó de espaldas rodando maltrecho
.
Acudieron dos campesinos a socorrerlo a todo correr, y al ayudarlo a levantarse, Don Belisario cogió del suelo un ramo seco y como si fuese una espada les tocó los hombros nombrándolos “Caballeros del Socorro”. Los buenos hombres se admiraron de la figura y locura del supuesto noble, y agradeciéndole de recibir tan digno título siguieron su camino entre risas y comentarios.

El ocaso alargó sus sombras y el manto de la noche lanzó un concierto de ladridos. Eran perros guardianes de los establos que ladraban hasta aullar al paso de Don Belisario que andaba apurado como ánima. “¡Alto!”, gritó al ver a uno de los perros que se le acercaba olfateando el suelo. “¡Soy Marqués del Valle de los piojos! Antes que te arremeta todo mi poderío te ordeno regresar a tu guarida de ladrones y mercaderes, a quienes pienso hacer batalla y quitarles el dinero que robaron al pueblo”.

Y dándole palmadas a su caballo de palo, sin atender los ladridos de otros perros que salieron enfierados hasta el límite de sus dominios, se perdió en la oscuridad que parecía una cueva que llevaba a otros mundos de imaginación y delirios. Estando perturbada su razón entró por un bosque de retorcidos huarangos, que bajo la luz de la Luna parecían gigantes con muchos brazos. “¡Al servicio de la justicia y de la buena simiente reto a estos gigantes hacer guerra, porque voy a quitarles a todos la vida!”, exclamó como hidalgo, y emitiendo gritos de incontenible furia arremetió a todo galope embistiendo al primer huarango que tenía delante. El viento se arremolinó entre los follajes y cayendo algunas ramas sobre su cabeza lo dejó tendido sin aliento ni sentido
.
Estando inconsciente se vio perdido en el desierto, caminando entre espejismos que parecían pantallas visoras de cine. Y con todas las ilusiones de artista imaginó estar haciendo teatro de vida, confundido con los protagonistas que representaban originales escenas. Se desengañaba la realidad rompiéndose la crisma entre candidaturas que sudaban la gota gorda. Los sindicatos sostenían conversaciones haciendo alianza a favor del candidato privilegiado. Corriendo así la película, los artistas entraron en acción de pandero, y como marionetas danzaron en el chocolateo del sistema, con los quitasueños ataviados a lo salvaje, vistiendo falditas de totora, colgajos, aretes de paja, rodando como la emigración, corriendo a modo de moneda, con el bombo periodístico, celebrando el triunfo al final del torneo que terminó en compadrazgos
.
Rayos de luz que atravesaron sus párpados le sacudieron los sentidos, como si despertara de siglos. Y dando un salto se puso de pie mirando a su alrededor los despojos de la batalla que había ganado al machucar un hormiguero. “¡Les advertí de la justicia!”, exclamó regocijado, levantando en alto su palo que honraba como espada. Sin perder tiempo se vistió de todas sus armaduras de caballero y subió a su caballo de palo dándose prisa para llegar al pueblo antes del mediodía, pero en el camino se le cruzó un rebaño de cabras y perdiendo más la razón, imaginó que eran prisioneros de guerra y los pastores verdugos. Dándole prisa a sus locas hazañas, se puso en la mitad del camino, desafiando a los pastores que pensaron que era un demente perdido en los campos. Atacó con tanta ira y turbación que, cuando se dio cuenta estaba en el suelo con el cuerpo molido a palos
.
Maltratado y sobresaltado volvió a subir a su caballo de palo. Galopó tras sus enemigos que ni polvareda habían dejado en el camino, y cansado de tanto correr se le dio por razonar que no siempre se gana una batalla. En eso volteó y tropezó con una granja de pavos, que, al escuchar el sonido estridente de su corneta lanzaron un concierto de graznidos. Don Belisario se besó las manos y teniendo el semblante inexpresivo se sentó a comer en compañía de los piojos que salían de la pavada haciendo saltos de saltamontes hasta las cajitas de fósforo
.
Aquel día se dio prisa para llegar a la ciudad antes que anocheciese. Emprendió la marcha y se fue tras el buen deseo de hacer cumplir su misión secreta
.
Llegó primero al Barrio de los Antojos y dejó cinco cajitas de fósforos. Siguió por otras calles haciendo lo mismo y se encontró en el Barrio de los Bullicios. Continuó caminando y vio que los arpíos hacían su agosto entreverando fórmulas que modificaban el destino de los ciudadanos arrancados de centavos, y pordioseros pasando a sobrevivientes. Era el Barrio de los Codiciosos que cebaban la barriga chorreándoles la Caja Fiscal encostalada para los desconocidos. Y mientras la Nacionalidad padecía de hambre canina, el amén de las comidas se echaba a las tripas de otros dementes que deambulaban por las calles removiendo basurales.
.
El Marqués del Valle de los Piojos se frotó las palmas brillándole los ojos de malicia. Emboquilló la corneta en los labios y sopló notas marciales. Su ejército de piojos salió de las cajitas y como plagas entraron a las casas causando terror que se difundió metamorfoseando gente ¡Qué caras tan lívidas! ¡Qué ojos tan desorbitados! ¡Qué siniestro aspecto dieron cuando la orgía chupadora les secó la carne: Cráneos pelados, rostros desteñidos, facciones esfumadas, cuerpos esqueléticos y un mirar ausente.
.
Don Belisario volvió a tocar su corneta y sus batallones de piojos marcharon hasta la Plaza de Armas, donde como si entraran a una ciudad conquistada, las entusiastas aclamaciones de los dementes hicieron un recibimiento triunfal.

Del buen suceso que Don Belisario celebró surgió otro personaje que le robó el corazón. “¡Gracias doy al cielo por el amor que tengo sujeto y rendido a los pies de hermosa dama!”, dijo inspirado al ver a una mujer madura, delgada, pulcramente vestida.

Se dio prisa por cortejarla preguntándole como se llamaba, teniendo respuesta que era Dolores Fuertes de Barriga, “La Mondonguito”, Princesa del Valle de los Jirones, Señora de la Torre de Palancas. Enamorándose a primera vista Don Belisario insistió diciéndole que veía la bondad en su rostro y en aquella santa edad sazonado el fruto de la vida. El amor le ofreció, y sin que la mujer entendiera el lenguaje de sus galanterías se fue de puerta en puerta hablando consigo mismo, pidiendo limosnas a cambio de bailar.

Mientras esto enternecía a Don Belisario, se vio venir por la calzada a un hombre escuálido, montado en un caballo de plástico. Era otro personaje no imaginado que traía en los ojos el alma de otro loco.

¡Perdóneme vuestra merced! – dijo presentándose.- ¡Vengo de la guerra de chacras, de cumplirle lealtad al rey de Castillón!. Permíteme anunciarle que soy Ladrón de Guevara, Conde de la Villa Araña, Caballero de la Orden de Tripahonda, Maestre de Campo; vuestro enemigo.

Diciendo esto tocó su trompeta, y tras de El apareció un ejército de hormigas. Puso mano a la espada de caña y enfrentándose ambos libraron batalla de molimiento.

Cuando recobraron el conocimiento se encontraron tendidos cerca a sus castillos de cartón. Uno por los huarangales y el otro en los cañaverales, dispuestos a formar sus repúblicas, enloquecidos de imaginar tanto, de secar la razón que los borró de la normal sociedad.

Ambos, Marqués y Conde enrollaron el hilo de la locura y salieron a todo galope por diferentes caminos. Esta vez girándoles los pensamientos y marchando hacia las montañas, como si trataran de alcanzar al Sol. Ese es otro capítulo de la vida de Don Belisario.

Imaginemos verlo sobre Pegaso remontando cordilleras, volando hacia los confines de la Vía Láctea. Cierren los ojos y formen una imagen: Lentamente sentirán un vacío, como si perdieran los sentidos, poco a poco sumergiéndose en la luz de la fantasía, en los sueños de la imaginación.







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