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 El iluminador Rembrandt

Noticias del mundo de la cultura en general. Pintura, museos, esposiciones, escultura...
 
El iluminador Rembrandt
Publicado por peterpan (Original de - EP(S)) 22 Enero 2006 12:46
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REPORTAJE

EL ILUMINADOR REMBRANDT

AGUSTÍN SÁNCHEZ VIDAL
EL PAIS SEMANAL - 15-01-2006

EP (semanal) - El iluminador Rembrandt

Pintó a 400 personajes, y él mismo se representó en 100 obras, dos autorretratos al año.

Cuando afianza su dominio en el óleo se inicia en el grabado, donde nadie le supera.

De él dijo Van Gogh: “Hay que haber estado muerto varias veces para pintar así”.

Su dominio de la luz le convirtió en maestro de la pintura. Rembrandt creó un estilo inconfundible que inspiró a Goya y Picasso. Veinte exposiciones conmemoran en Holanda los 400 años del nacimiento de un pintor al que fotógrafos y cineastas también tienen mucho que agradecer.

Fue famoso en vida, desde joven. Alcanzó éxito, posición social, dinero, prestigio internacional, numerosos discípulos… Gracias a éstos, su nombre no se apagó con él. Creó escuela, y más tarde le reconocieron como maestro algunos de los mejores, de Goya a Picasso. Pero no sólo los pintores: su uso de la luz ha inspirado a fotógrafos y cineastas, originando un tecnicismo todavía vigente, la “iluminación a lo Rembrandt”.

Aun corrigiendo los excesos románticos, proclives al genio solitario e incomprendido, sigue amparándole el perfil de un hombre libre y poco sujeto a convenciones. Alguien que, tras la muerte de su amada esposa Saskia, mantiene relaciones con sus criadas, afrontando el ostracismo social que ello le supondrá. Un profesional extraordinariamente dotado, exigente hasta rehusar otros compromisos distintos a los contraídos con la pintura. Capaz de gozar del lujo y la buena vida sin plegarse a las modas ni soslayar lo más sombrío, tanto en los años de pujanza como en los de penuria y vejez, que no doblegan su arte, sino que lo depuran hasta logros de rara intensidad.

En ese itinerario hay algo que permanece, abriéndose paso como un escalpelo: esa mirada insobornable que preside sus numerosos autorretratos, y de la que brota literalmente todo. A medida que transcurren los cuadros y los años, en torno a esos ojos ceden los párpados, cunden las arrugas, la piel se apergamina, se entumecen los pómulos, el rostro se va haciendo más ancho, se agrisa el cabello alborotado y rebelde, crece la papada y se desploman los rasgos. Pero no las convicciones.

Hubieron de ser muchas las horas que Rembrandt pasó ante el espejo, auscultando el deterioro y maltrato del tiempo. La asiduidad con que se pintó a sí mismo carece de equivalentes en el siglo XVII, y en casi toda la historia del arte. El número de sus autorretratos resulta abrumador incluso en un contexto tan excepcional como la Holanda del siglo XVII, fruto del respeto a la privacidad y el libre examen individual. Ningún otro país desplegó semejante celo para arrebatar al olvido tantos rostros de sus ciudadanos. Se ha calculado que de los tres millones de holandeses que a lo largo de tres generaciones poblaron aquel territorio, unos 50.000 fueron captados por los pinceles de sus contemporáneos. Rembrandt no sólo dejó una impresionante galería de retratos ajenos (más de 400), sino que entre óleos, grabados y dibujos se representó a sí mismo en un centenar de ocasiones. Apenas hubo año que no lo hiciera, lo que arroja una media de dos autorretratos por año, elevada a tres en el de su muerte, 1669.

Recientemente, la National Gallery de Londres pudo reunir en una exposición 86 de esos autorretratos, tratando de desmontar el mito del artista torturado que se busca a sí mismo en un sinuoso proceso de introspección; pero, tras esas oportunas precisiones historiográficas, el misterio se mantiene intacto. Rembrandt fue su mejor biógrafo, y no hay perfil que pueda competir con la crónica de excepción que él mismo va trazando mientras su rostro es roído por la edad.

La suya es una historia muy propia de la meritocracia que estaba implantando en Holanda la cultura protestante. Su madre es hija de un panadero, y su padre, propietario de un molino en Leiden, a orillas del Rin. Cuando nace Rembrandt, el 15 de julio de 1606, es el octavo de los nueve hijos que tendrá esta familia de origen católico convertida al calvinismo. Ambos progenitores son ya mayores, y a menudo le servirán como modelos para sus cuadros, pues desde su adolescencia el pintor demuestra un gran interés por los ancianos.

Leiden tiene 40.000 habitantes, y es un relevante foco humanístico, con una prestigiosa universidad. Allí cursa estudios que le familiarizan con el clasicismo y los libros, tan presentes en sus lienzos, asociados a personajes cuya vida interior visualizan. En la ciudad también se desarrollan importantes avances en la óptica. Y su escuela de pintura ha sido una de las más celebradas de Holanda, con figuras como Lucas de Leiden, admirado por Durero. Crece, pues, en un ambiente que está explorando otro modo de ver, frente a tendencias pictóricas como las italianas, más dadas a intermediar la mirada con todo un piélago literario de mitos y alegorías.

Porque nunca viajará a Italia ni sal-drá de su país natal. Serán las otras culturas las que vengan a él, al emerger Holanda como potencia mundial. Sin aristocracia ni onerosos privilegios eclesiásticos, toda una laboriosa sociedad se está asentando sobre su bien irrigado tejido corporativo, un razonable reparto de la riqueza y gran disponibilidad tanto para el lado disciplinario de la vida comunal como para el desparrame festivo. Lo que se traduce en una pintura bien diferenciada del resto de Europa, Flandes incluido.

Cuando Rembrandt empieza, los modelos vigentes remiten a Caravaggio y a la vecina escuela de Amberes, dominada por el monumentalismo de Rubens, lleno de color y dinamismo. No ignora esas nuevas vías. Le llegan a través de su maestro Pieter Lastman, con quien estudia en Amsterdam. Pero sus opciones serán otras. Cuando regresa a Leiden en 1625, con 19 años, abre estudio junto con Jan Lievens, un año menor que él, y los dos jóvenes no tardan en llamar la atención. De esta etapa inicial data el Autorretrato con pelo enmarañado. En su gran libertad formal ya se percibe una voz propia, frente a sus más relamidas obras de aprendizaje.

El mismo año en que lo ejecuta, 1628, acaba de admitir a su primer alumno, Gerrit Dou, por entonces un quinceañero, pero pronto uno de los pintores neerlandeses de mayor renombre. Y en 1632, Rembrandt y Lievens reciben en su taller al personaje más culto, cosmopolita e influyente de Holanda, el escritor y diplomático Constantijn Huygens, secretario del príncipe de Orange. El visitante se queda admirado ante el oficio de aquellos dos desconocidos. Y apuesta por ellos. Tras encomendarles su propio retrato y el de su hermano, logrará que Lievens se abra camino en Inglaterra y conseguirá para Rembrandt encargos de gran relieve social. Es él quien le aconseja trasladarse a la vecina Amsterdam, lo que lleva a cabo en 1632, tras la muerte de su padre.

La ciudad está en plena ebullición. Es la capital económica de un vasto imperio colonial que seis años antes ha fundado en la otra orilla del Atlántico una delegación americana suya con el nombre de Nueva Amsterdam, que los ingleses cambiarán más tarde por el de Nueva York. Sus opulentas compañías comerciales han tendido por todo el mundo una red que les procura los más exóticos productos de los cinco continentes. Una abundancia que se desborda por doquier, compaginando el tumulto de sus imprevisibles tabernas con un proverbial respeto a la ley y el orden.

Ese ambiente de culta tolerancia atraerá a algunos de los mejores cerebros del momento, como el filósofo René Descartes, mientras un urbanismo en plena expansión remodela sus canales y edificios públicos. Se cultiva con asiduidad el teatro, al que Rembrandt es gran aficionado, hasta el punto de contar en su taller con atrezzo y vestimentas que le permiten disfrazar a sus modelos según el motivo bíblico o mitológico que representan. El mercado artístico no es menos exigente. Llegan muestras de todos los rincones, lo que le permite afinar sus modelos, desde los europeos hasta los del Oriente más remoto.

La obra que asienta su fama, el mismo año de su llegada, es La lección de anatomía del doctor Tulp. Representa un género muy especial, el retrato corporativo que se expone en las sedes de las asociaciones. Una peculiaridad holandesa, que de este modo glorifica el espíritu cívico de su burguesía. En términos pictóricos supone un desafío del que –Frans Hals aparte– pocos logran salir airosos. Hay que retratar a los componentes respetando su individualidad, sin que ninguno quede postergado, pero ensamblados en un conjunto no demasiado rígido ni monótono. Rembrandt marcará nuevas pautas: primero, con esta Lección de anatomía; diez años después, con La ronda nocturna, y en 1662, con Los síndicos de los pañeros.

El doctor Tulp es el más relevante de este grupo de notables que atiende a sus explicaciones sobre el cadáver de un ajusticiado. Dos veces burgomaestre de Amsterdam, autor de un manual de primeros auxilios y medicina familiar, es conocido como “el Vesalio de Amsterdam”, por alusión al famoso cirujano italiano que añadió al descubrimiento de nuevos continentes otra terra incógnita no menos fabulosa: el interior del cuerpo humano. Ése es el espectáculo que presenta Tulp a sus invitados tras diseccionar el brazo para mostrar la trabazón de tendones y músculos, cuyo funcionamiento y contracciones imita con el gesto de su propia mano izquierda.

Rembrandt es muy consciente de las cualidades de este trabajo suyo. En lugar de las iniciales del nombre, apellido y procedencia utilizadas en sus comienzos, “RHL” (Rembrandt Hamenszoom de Leiden), lo firma con un escueto “Rembrandt f. 1632”; es decir, su nombre de pila, al modo de los grandes maestros italianos –Miguel Ángel, Leonardo, Rafael…–, seguido de la contracción del fecit latino y la fecha. Un “Rembrandt lo hizo” que pronto se convertirá en legendario. Ese mismo año, un alguacil le visita para certificar su existencia. Ante su asombro, le explica que su nombre ha sido citado por un par de juerguistas tras cruzar una apuesta que les obligaba a enumerar 100 celebridades vivas. Y él aparecía en esa nómina.

Es entonces cuando entra en su vida una muchacha de 20 años llamada Saskia van Uylenburch, huérfana de padre, perteneciente a una adinerada y muy respetable familia frisona. Su boda en 1634 abre al pintor de par en par las puertas de la mejor sociedad. Y le introduce de lleno en la etapa más feliz y luminosa de su existencia, a juzgar por los retratos de ambos, separados o juntos, como el que los muestra nimbados de radiante alegría encarnando atrevidamente el pasaje bíblico del hijo pródigo en el burdel.

En 1639 compran un espacioso palacete en uno de los barrios de moda. Allí vivirá el pintor durante los próximos 20 años, en el mismo lugar donde en la actualidad se ubica el museo dedicado a su obra gráfica, y que todavía impresiona por su amplitud. También alquila un holgado almacén, que convierte en taller, para dar cabida a los numerosos discípulos que quieren aprender junto a él pagando sumas considerables. En justa correspondencia, Rembrandt siempre prestará gran atención a sus alumnos. A diferencia de otros pintores, que los utilizan para aumentar su productividad, él les dispensa una atención más personalizada sin imponerles unas directrices estrictas. Pero eso no evitará que cree escuela, hasta el punto de provocar numerosas atribuciones erróneas. En su taller se forman algunos de los puntales de la pintura holandesa. Entre ellos, Carel Fabritius, quien se trasladará a la ciudad de Delft para enseñar, a su vez, a Jan Vermeer.

Tanto prospera Rembrandt que se convierte en un coleccionista compulsivo. Poco después de mudarse a la nueva mansión pretende comprar un famoso retrato de Rafael, el de Castiglione, que se subasta y alcanza la astronómica suma de 3.800 florines. En la puja le gana por la mano un mercader de arte y diamantes llamado Alfonso López, cuyo nombre manifiesta tan a las claras su origen sefardí. El pintor ha quedado prendado del cuadro, y le pide permiso para estudiarlo. Junto al Retrato de un hombre, de Tiziano –que en la actualidad se custodia en la National Gallery londinense, pero que en ese momento estaba en Amsterdam–, será el modelo de su Autorretrato con camisa recamada. En él destaca la textura de su ropaje y tocado, pero más aún su mirada alerta y un punto desafiante.

A la vez que asegura su dominio de la pintura al óleo, se interna en el grabado, con tal maestría que al cabo de poco tiempo no tiene rival en este campo. El enriquecimiento de su universo visual no es sólo cuestión de técnica; también crece hacia dentro, pues está lejos de ser un militante en esta o aquella profesión de fe. Ha de atender encargos de todos los frentes: calvinistas, católicos, judíos o de otras confesiones. Como, por ejemplo, su retrato de Cornelis Claeszoon Anslo, flanqueado por su esposa. Este predicador menonita es uno de los más famosos del país, y su imagen debe transmitir el ascendiente alcanzado a través de la palabra. Para ello le sitúa como intermediario entre la Biblia, de la que emana la luz, y su mujer, que le escucha. Un retrato parlante sin el cual –o sin su Resurrección de Lázaro– resulta inconcebible esa cima de la espiritualidad contemporánea que es Ordet, la película de Dreyer.

El punto de vista bajo y el modo en que se establece su restricción lumínica convierten el retrato de Anslo en un importante eslabón entre La lección de anatomía y la llamada Ronda nocturna. Un título que no se corresponde con lo representado, sino que se debió al oscurecimiento de los barnices. Fue al limpiarla, tras su rescate del escondrijo donde permaneció a salvo durante la II Guerra Mundial, cuando pudo establecerse que se trataba de una escena diurna. Un encargo de gran empeño y prestigio, pagado a escote por una especie de somatén, la compañía de arcabuceros del capitán Frans Banning Cocq y el teniente Willem van Ruytenburch.

Originalmente, el lienzo medía cerca de cuatro por cinco metros, pero fue recortado en 1715 para encajarlo en una nueva estancia. Rembrandt resolvió tan difícil asunto, de enorme complejidad compositiva, representando a todos los personajes en acción, en un momento muy preciso: el de la llamada a las armas, mediante el redoble del tambor. Una instantánea subrayada por la secuencia de los diversos movimientos que deben conducir a la alineación, lo que le permite organizar el grupo gracias a la calculada tensión de las diagonales trazadas por lanzas, arcabuces, espadas y estandartes; el flujo de las gorgueras y cabezas bañadas por la luz, que serpentean de izquierda a derecha; los distintos planos de la escalinata del fondo, sobre la que alza su pendón el abanderado; el perro que ladra al tamborilero; la profundidad lograda por esos dos fogonazos de luminosidad del teniente y la niña que cruza con su gallina colgada a la cintura, misteriosa como un ectoplasma, y en la que algunos han querido ver una evocación de Saskia…

Porque su esposa fallece mientras pinta el lienzo, marcando el inicio del declive social de Rembrandt, aunque en absoluto el de su pintura. Los prósperos años que han mediado entre 1632 y 1642 dan paso a una etapa muy dura en lo personal, preanunciada con la muerte de sus padres y de sus tres primeros hijos, ninguno de los cuales superó los dos meses de vida. Ahora es la propia Saskia quien no logra reponerse del parto de su cuarto hijo, Tito, complicado con una tuberculosis, y, tras meses de sufrimiento, su esposa muere en junio de 1642, a los 30 años.

Rembrandt todavía alcanza a pintarla en un último retrato, donde se la ve consumida por la enfermedad, con una mano en el pecho y en la otra una florecilla roja que ofrece con un delicado gesto, más conmovedor que cualquier adiós porque en él se adivina la despedida de casi una década de felicidad.

Su pintura se vuelve más clasicista y volcada hacia el claroscuro, abandonando los anteriores resabios barrocos. Y ello en fuerte contraste con las modas de Amsterdam, que a partir de 1640 conocen el auge de un estilo más colorista y superficial, el de Van Dyck, hacia el que desertan algunos discípulos en busca del dinero fácil. No así Rembrandt, quien más bien parece empeñado en un camino por el que pocos pueden seguirle.

Tras la muerte de Saskia, el pintor contrata a la viuda Geertje Dircks como niñera de Tito y ama de llaves. Es muy distinta de su difunta esposa; una robusta campesina de Zelanda, analfabeta y pragmática, que se convierte en su amante, con el consiguiente escándalo entre la buena sociedad. Sobre todo cuando él inicia otra relación sentimental y Geertje lo lleva ante los tribunales acusándole de no cumplir una promesa de matrimonio.

Esa relación hace referencia a Hendrickje Stoffels, con la que Rembrandt terminará viviendo y teniendo una hija. Pero nunca se casarán porque ello conllevaría la pérdida de buena parte de las rentas otorgadas por Saskia en su testamento, condicionadas a que no se desposara de nuevo. Hendrickje es llamada al orden y excomulgada por el consejo de la Iglesia reformada.

Los problemas económicos se agudizan en la década de 1650, con el trasfondo de la recesión provocada por las guerras con Inglaterra. Tras la paz de Westfalia que en 1648 pone fin a la guerra de los Treinta Años, la propia Holanda ha de reconsiderar su posición colonial. El gusto de los coleccionistas neerlandeses también cambia, se hace más ostentoso. Frente a los suntuosos bodegones vigentes, Rembrandt acomete su extraordinario Buey desollado. Muy criticado en ese momento, la posterioridad le hará justicia gracias a su exhibición en un escenario tan privilegiado como el Museo del Louvre, y su modernidad no pasará inadvertida a Delacroix, Daumier, Soutin o Bacon.

Las dificultades de Rembrandt en el mercado interno se ven compensadas por su alta cotización en otros países. Sin embargo, no logra atajar las dificultades monetarias, y ha de subastar sus bienes. En 1656 se realiza un inventario. Resultan 363 lotes, y hay uno cuya suerte parece inquietarle de modo especial: el gran espejo que prefiere para sus autorretratos, el que contiene más retazos de sí mismo. Un objeto suntuario debido a su amplitud, pues aún no existen las técnicas de colada para la elaboración del vidrio, que lo abaratarán. De modo que comisiona a su hijo para que lo rescate y transporte hasta casa. Pero el espejo se rompe por el camino.

Para no ver embargado el fruto de su trabajo se convierte en empleado de una sociedad de marchantes de arte, formada por su compañera Hendrickje y su hijo Tito, a quienes cede toda su obra a cambio de la manutención. Porque sigue recibiendo encargos nada desdeñables, como Los síndicos de los pañeros o el espléndido La novia judía. Quizá la gran incógnita de este periodo sea lo que habría supuesto para la pintura épica y monumental europea una obra del calado de La conjura de Julius Civilis, realizada en 1661 para el nuevo Ayuntamiento de Amsterdam. Sin embargo, el encargo no prospera ni el cuadro sobrevivirá en su formato original, y hoy se conserva en estado fragmentario.

En la última década de su vida, Rembrandt aborda los temas bíblicos en una atmósfera de intenso patetismo: Moisés rompiendo las tablas de la ley, David tañendo el arpa ante Saúl o La negación de Pedro nos hablan de momentos dramáticos, de personajes enfrentados a graves conflictos de conciencia, a menudo traducidos mediante el contrastado uso de la luz. Prosigue así las varias versiones del Sacrificio de Isaac, cuyo eco aún se percibirá en los más estremecedores pasajes de Temor y temblor, de Kierkegaard, o Dar la muerte, de Derrida. Es el rebrotar de esos ancianos vueltos hacia dentro, enfrentados a solas con el Libro, correlato pictórico de aquel asombro primigenio que sintiera san Agustín al ver a su maestro san Ambrosio leer para sí mismo, sin mover los labios, como pura experiencia interior.

Vienen a ser un trasunto de lo que sucede en su propia vida. Ha de mudarse a una modesta casa del Rozengracht, uno de los barrios más pobres de Amsterdam. Su situación económica es tan apurada que se ve obligado a vender la tumba de Saskia. Está en la ruina, con todas sus obras embargadas y la sola posesión de sus útiles de pintor y viejas ropas. En 1663 fallece su compañera Hendrickje Stoffels, que tanto había contribuido a crear un islote de sosiego en medio de la tribulación.

Su hijo se casa en febrero de 1668 con una sobrina de la hermana de Saskia y le anuncia que pronto tendrá un heredero que le hará abuelo. Pero Tito agoniza en septiembre, a los 27 años. La nieta nace en marzo de 1669, y su nuera expirará no mucho después, dejando al pintor a cargo de la recién nacida. Por poco tiempo, porque Rembrandt muere el 4 de octubre de 1669, a los 63 años.

Con bastante probabilidad, su último lienzo es el autorretrato de ese año custodiado hoy en el Mauritshuis de La Haya, que algunos han considerado inconcluso. Un rostro de mirada pensativa, tal vez resignada y retrospectiva, dejando entrever aquel “hospital henchido de murmullos” del que habló Baudelaire a propósito de sus telas. Un compatriota, Vincent van Gogh, aún fue más rotundo al afirmar: “Hay que haber estado muerto varias veces para pintar así”.

Holanda celebra el 400º aniversario de Rembrandt. En el Rijksmuseum de Amsterdam puede verse toda su obra y la muestra estrella ‘Rembrandt-Caravaggio’, a partir del 24 de febrero.
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