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 Tus textos en Radio IB3
 Andrés Moreno Galindo

El Rincón literario de tres de nit - Promoción de autores de El Recreo en Radio.
 
Andrés Moreno Galindo
Publicado por Papillon (Original de - Radio IB3) 27 Enero 2007 12:22

Miércoles 10 de marzo de 2006


El autor de la semana en el Rincón Literario de 3 de Nit fue Andrés Moreno Galindo, colaborador de El Recreo.com y a quien la popular presentadora Sandra Llabrés y la escritora mallorquina Joana Pol entrevistaron en la medianoche del miércoles en IB3-Radio.

Lema

"El sobresalto en el último suspiro".


Biografía

Me llamo Andrés Moreno Galindo, tengo 40 años y vivo en Sant Quintí de Mediona, un pequeño pueblecito en el corazón del Penedés, tierra de vinos y cavas de Catalunya, hacia donde huí hace ya unos años proveniente de Cornellá de Llobregat, ciudad dormitorio del extrarradio de Barcelona que, como otras, ha nutrido de trabajo y sudor las fábricas catalanas desde los años 60. Siempre he leído, recuerdo a un niño de diez años, ya con la vista cansada de fijarla en las letras, leyendo asombrado las peripecias de Robinson Crusoe, de Jim Hawkins, de Guillermo Brown, y uno de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia fue el regalo de un inmenso saco de tebeos usados que dieron para muchas semanas de lectura. Luego ya descubrí a Poe, Lovecraft, los autores de terror gótico, y en general a todos los maestros de la literatura de terror, género que ha sido siempre mi favorito, y que siempre he defendido contra las acusaciones gratuitas de falta de profundidad y contenido. Para bien o para mal, mi forma de escribir está fuertemente influida por Poe y el resto de la pandilla, lo que hace que mucha gente encuentre mi estilo farragoso, retorcido y preñado de adjetivos. Reconozco esas críticas, pero siempre he escrito así y no creo en los cambios forzados de estilo, sobrellevo esa carga con gusto, es una de las pocas cosas que no veo necesario cambiar después de tantos años de continuas concesiones en la También me gusta pensar que contribuyo modestamente a mantener vivo un idioma que en la actualidad está siendo masacrado por el mal uso de las nuevas tecnologías, la falta de cultura de los comunicadores que deberían dar ejemplo y masacran continuamente nuestra lengua, y sobre todo por la penosa educación que se imparte en la actualidad, fruto de una desquiciada política educativa que está hipotecando el futuro cultural de nuestro mundo.
Reconozco como uno de mis principales defectos la desidia y la pereza a la hora de escribir, me cuesta horrores ponerme a la tarea, en eso envidio a tanta gente que siente la necesidad acuciante de escribir cada día, creo sinceramente que podría haber hecho algo más en este mundillo de haber tenido más fuerza de voluntad, pero uno es así, volvemos al fatalismo. Mi modesta producción literaria engloba un puñado de cuentos de terror, entre los que destaco "Inercia", "El túnel", "El marino", "Rómpeme, mátame" o "El ánfora". "El túnel" fue traducido a un primoroso inglés por el excelente traductor australiano Vivian Stevenson, y algunos de mis relatos fueron leídos en el marco del
También he perpetrado algún relato fuera del ámbito del terror y he escrito algunos poemas, estos sí relacionados con el terror, más que nada por lo malos que son. He diseñado y mantenido durante varios años la página literaria "El Gato de Hank", donde he publicado todos mis cuentos, junto con las creaciones de un buen puñado de escritores en lengua hispana, y actualmente estoy realizando una página web a medias con mi amigo Ginés Torres, donde publicaremos nuestros trabajos presentes y futuros. Aunque la cultura se diluye un poco en ese inmenso monstruo llamado Internet, creo firmemente en el poder de la web para dar a conocer a escritores noveles. Respecto a mis aficiones, soy un fanático de la historia de la Antigua Roma, y he intentado plasmar ese amor en el relato "El ánfora". Simplemente espero hacer pasar a mis lectores un buen mal rato, eso es todo.

Manifiesto

Creo que, por lo menos en mis cuentos de terror, trabajo para el lector, con esto quiero decir que busco con ahínco que tenga lo que quiere cuando lee un cuento de horror, esto es, un excitante escalofrío que sube por la espalda y estalla en tu cabeza, justo lo que siento cuando leo uno de los mejores relatos de terror que se han escrito jamás, "El emisario", de Ray Bradbury. El horror en la última frase, y si puede ser en la última palabra, la sorpresa, el desenlace terrorífico, esas son mis metas.

Relato: Inercia

Siempre he sido una persona de costumbres. O, mas bien, una persona de inercias porque, bien pensado, cuando adoptas una costumbre es porque la misma te proporciona una satisfacción constante, aunque ésta sea casi insignificante. Sin embargo, ser una persona de inercias conlleva altas dosis de aburrimiento, hastío y una sensación de dejadez y laxitud, de falta de lucha. Siempre que reflexionaba sobre el tema, me venía a la memoria un párrafo de la magnífica novela de Graves sobre Claudio, en el que el viejo emperador, enfermo, cansado y hastiado de las constantes traiciones y conjuras que a su alrededor se sucedían, se sentía como un viejo leño arrastrado por la corriente de un río, dejándose llevar mansamente hacia el fin. Una sensación parecida era la que sentía yo, al repetir día tras día, noche tras noche, las mismas cosas, no porque encontrara deleite en ellas, sino porque me negaba a luchar contra la corriente, a buscar otra alternativa, a dar un golpe de efecto que cambiara mi vida y me liberara de las ataduras de una vida repetitiva y carente de emociones y alicientes. Podéis llamarlo pereza, falta de energía, espíritu conformista, pero el hecho cierto era que me había dejado atrapar por una serie de múltiples y pequeños compromisos de los cuales no podía o no quería escapar, a pesar de que gran parte de ellos hacía tiempo que habían perdido su interés inicial para mí. Por inercia tomaba siempre la misma ruta para ir al trabajo, por inercia desayunaba siempre con los mismos compañeros, desgranando sin convicción los mismos tópicos que se perpetuaban en nuestras conversaciones desde hacía ya demasiados años. Por inercia leía el mismo periódico, comía lo mismo en el mismo restaurante, bebía la misma marca de vino, la misma marca de licor, y así ad infinitum. Me veía encorsetado por múltiples de pequeñas ligaduras en los momentos en los que presuntamente podía dar rienda suelta a mi imaginación y libre albedrío. Si algún día alguien lee esto, estoy seguro de que pensará que fui la persona más aburrida y poco excitante de mi tiempo, y tendría razón, sólo que ese dudoso honor lo compartía desde hace años con mi buen amigo R., cuya existencia seguía un rumbo totalmente paralelo al mío. Habíamos sido compañeros de estudios desde la primera infancia, después habíamos compartido las nada excitantes diversiones de nuestra adolescencia, y por fin habíamos acabado desempeñando el mismo tedioso y monótono trabajo en una oficina poblada de moluscos humanos como nosotros, que como nosotros también se dejaban llevar perezosos y ajados por la corriente. Y así como la inercia nos arrastraba a desayunar lo mismo desde hacía más de treinta años, nos veíamos arrastrados a la partida de ajedrez de los sábados, partida que, indefectiblemente, tenía lugar en mi casa, por un motivo que se nos escapaba a los dos, si es que en algún momento habíamos llegado a reflexionar sobre él. El ritual, creo obvio contarlo a estas alturas, era siempre el mismo. R. llegaba a las 11 en punto, colgaba su chaqueta y su sombrero en el perchero del recibidor y juntos pasábamos a mi pequeña biblioteca, donde una vieja lámpara proporcionaba a la estancia una luminosidad mortecina y desvaída. Nos sentábamos y jugábamos en silencio hasta las doce o doce y cuarto, dejando casi siempre la partida inacabada, momento en el que apagábamos las luces y nos sentábamos en sendos butacones frente a la chimenea, fumando, bebiendo jerez y charlando de insustancialidades hasta bien entrada la noche.. El sabor del jerez y del tabaco de pipa, las cambiantes sombras en nuestras caras provocadas por el movimiento de las llamas, la pausada conversación, todo proporcionaba a esos momentos un encanto especial, aburrido pero placentero. Sólo en contadísimas ocasiones habíamos renunciado a este ritual, quizás el menos desagradable de los miles que componían el devenir de mi existencia. De hecho, estoy escribiendo esto una hora tan sólo después de haber despedido a un R. Bastante más excitado que de costumbre. Todavía puedo verlo sentado delante de mí, con un leve temblor en la mano que sostenía su copa de jerez. Su conversación de esta noche, mas bien su monólogo, ha supuesto una brusca variación de nuestras habituales charlas insulsas. Sí, todavía oigo su voz.
- Le aseguro, mi querido H., que he tenido una endiablada suerte esta tarde. Circulaba a una velocidad moderada por la carretera que conduce a la costa, cuando he podido esquivar por los pelos a uno de esos condenados turistas de la ciudad que ha hecho caso omiso de una señal de stop. De pronto, me he encontrado frente a mis narices un deportivo rojo, y he tenido el tiempo justo de dar un volantazo y esquivarlo. Créame si le digo que ha sido cosa de centímetros. – R. hizo un gesto de alivio y sorbió con deleite su jerez- Estas son las cosas, H., que le hacen a uno plantearse el porqué de su existencia. Uno lleva una vida sosegada, tranquila, sin sobresaltos, pretendida y pretenciosamente segura, y un buen día el destino pone en tu camino a unos turistas locos y todo se desmorona como un castillo de naipes, y espero que me disculpe por este símil tan manido. En fin, amigo H., he decidido disfrutar un poco más de la vida, salir más, hacer incluso un viaje por el extranjero. Siento como si el incidente de esta tarde hubiera sido un guiño del destino, un aviso de que una vida aburrida y tranquila no garantiza un final aburrido y tranquilo. Sí, creo que voy a cambiar un poco mis hábitos, salir de la rutina, dar un pequeño golpe de mano en mi vida. En fin, estimado H., creo que ya va siendo hora de marcharme. Todavía me siento un poco aturdido. Creo que un largo y relajante sueño me hará bien.
Sí, todavía me parece verlo levantarse y caminar levemente tambaleante hacia la puerta, bastante presentable para las circunstancias. Y digo esto porque también para mí ha sido un día fuera de lo normal, lleno de incidentes. A media tarde he tenido que ir a identificar el cadáver de mi amigo R., muerto en accidente de circulación, al chocar de frente con un deportivo rojo en la carretera de la costa. Su cuerpo había quedado prácticamente intacto. Sólo una horrible herida en la nuca, la que le había causado la muerte, la misma que yo había visto al girarse para marchar hacia la puerta. En fin, les dejo, he de subir a acostarme. Por cierto, qué cabeza la mía, se me olvidaba algo. Demasiadas emociones para un tipo tan aburrido como yo. El caso es que R. no viajaba solo. Resulta que mañana es mi cumpleaños, y R. tenía que acompañar a mi mujer a la ciudad para comprar mi regalo. Ella ha tenido menos suerte. El impacto del choque la hizo atravesar el parabrisas de coche de R y la lanzó encima del deportivo rojo, segundos antes de que comenzara a arder. Su cuerpo ha quedado totalmente calcinado, un horrible amasijo negro con una espantosa expresión en su rostro. Pobre paloma mía, cuanto ha debido sufrir.. Ahora sí que les dejo. He de subir a mi dormitorio, a nuestro dormitorio. Alguien –o algo- me espera. Y yo lo comprendo. Ella también era lo que podríamos denominar una persona de inercias.
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Comentarios
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   Comentario ( Ely - 01 Febrero 2007 12:30)   
Muy bueno el relato, muy bien escrito, me ha gustado mucho.

Tienes mi permiso para ir a dar de comer al gato.
   Comentario ( hank66 - 20 Febrero 2007 07:15)   
Gracias, Ely, celebro que el relato te haya gustado. Por cierto, creo que algo pasa con las tildes, se han sustituido por signos de interrogación, jeje
 

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