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 Tus textos en Radio IB3
 Francisco Javier Illán Vivas

El Rincón literario de tres de nit - Promoción de autores de El Recreo en Radio.
 
Francisco Javier Illán Vivas
Publicado por Papillon (Original de - Radio IB3) 21 Septiembre 2006 22:25

Miércoles 6 de septiembre de 2006


En EL RINCÓN LITERARIO de 3 De Nit, de IB3-Radio, el autor de la semana ha sido Francisco Javier Illán Vivas, autor de El Recreo, más conocido como Paco Illán.


Lema


(Escrito por Luis Alberto de Cuenca en el prólogo de la segunda parte de La cólera de Nébulos, de próxima aparición)

Si quieres que los relojes se detengan, te invito a sumergirte en el reino de Celestos, “donde el tiempo es un concepto sin valor”. ¿Me acompañas? (Luis Alberto de Cuenca).


Biografía


Francisco Javier Illán Vivas. Nací el 20 de octubre de 1958, en Molina de Segura, Murcia. Por motivos familiares de mis padres viví durante unos años entre Badajoz y Olivenza (provincia de Badajoz). Después regresé a mi ciudad de nacimiento.
Trabajo como funcionario de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia. Tengo la diplomatura en Criminología y Master en Dirección de Seguridad por la Universidad Autónoma de Madrid.

Mi primera obra publicada sobre papel fue un libro de poemas, en 2003, “Con Paso Lento”, Nausícaä Edición Electrónica, Murcia, en octubre de 2004. En 2005 publiqué “Dulce Amargor”, editado por el Ayuntamiento de Molina de Segura.

Durante un tiempo publiqué en portales digitales, como Yoescribo.com., Noveles.com, o centropoetico.com.

He publicado “La Maldición”, primera entrega de LA CÓLERA DE NÉBULOS, que fue presentada en diciembre de 2004, Nasícäa, Murcia. En marzo de 2006 apareció la tercera edición.

Mi relato “La casa de mi madre” está incluido en la antología preparada por Manuel Aparicio Burgos, “Con la pluma a cuestas: Catorce escritores desde La Rioja”, Editorial Dossoles, Burgos, noviembre 2004.
Otro de mis relatos, “La estatua del santo”, está incluido en la antología “Cuentos de La Molineta”, Ayuntamiento de Molina de Segura, abril de 2006.

Llevo la sección de cultura y comentarios literarios ACANTILADOS DE PAPEL, del periodico digital http://www.vegamediapress.com/. Periodico del cual fui nombrado subdirector en enero de 2006. En Agosto de este mismo año apareció la edición en papel, con una tirada inicial de 25.000 ejemplares.

Desde octubre de 2005 presento Los martes de Luna Llena, en el café concierto Guabábana Jam, de Molina de Segura. Un espacio literario-musical con autores de la vega media del Segura.

Por último, si es que hay último, colaboro con la Tertulia de los Jueves, del Casino Cultural de Molina de Segura (premio de la prensa local al espacio cultural), llevando mensualmente un autor literario, normalmente fuera de la Vega Media del Segura.


Manifiesto


- "Creo que todos escribimos sobre los cimientos que otros nos legaron. La materia prima son las palabras, difícilmente permaneceremos insensibles a los grandes obras que nos precedieron".
- "Como los deportistas se entrenan todos los días: escribo todos los días para estar en forma, sobre cualquier tema, considero que ello hace que mi voz adquiera muchos más tonos, registros y recursos".
- "Confío plenamente en mí, pues sé que cuando llegue la inspiración me pillará escribiendo, como han dicho muchos grandes autores a lo largo de la historia".
- "Cualquier poema siempre se queda por debajo del que previamente imaginamos. Las palabras nos persiguen, cuando andamos, cuando vamos conduciendo, y, como decía Goethe, van quedando apiladas como leña, hay que dejarlas secarse, arderán a su debido tiempo".
- "En la narrativa sigo los ejemplos de Lovecraft, creando una atmósfera y desarrollando un crescendo a partir de una situación normal de la vida y, sobre todo, no dejar ver al monstruo nunca por completo".
- "Siempre intento violar alguna ley de la naturaleza, que suceda algo imposible de sostener racionalmente y las apariciones deben ser siempre sorprendentes y cada vez más aterradoras".
- "Intento repetir una determinada palabra (por ejemplo: la cosa), para que se grabe en el ánimo de quien la lee, utilizando sonidos y olores, todos los que forman parte de la naturaleza del miedo. Lamentos, aleteos, pezuñas, truenos y arañazos".
- "Los personajes deben ser valientes, cercanos a la locura y su curiosidad invencible".
- "Por último, los paisajes, sombríos, casi en palabras de Lovecraft: árboles descomunales, capaces de albergar espíritus y demonios o monstruos surgidos de las tinieblas".



Texto literario escogido:
Pesadilla
A Robert E. Howard


El sueño se negaba a acercarse a mi lecho, mientras las horas goteaban pesadamente. Intenté averiguar el motivo del nerviosismo que me dominaba, pero no lo encontré. Entonces, inopinadamente, un irreprimible temblor invadió poco a poco mi ánimo, y a la larga una verdadera pesadilla vino a apoderarse por completo de mi corazón y de mi entendimiento.
El miedo me puso los pelos de punta, estremeciéndome de horror. Ya conocía semejante sobrecogimiento. Te puedo jurar que las puertas de infierno se abrieron para soltar legiones de tinieblas, saliendo como aviesos torbellinos de llamas dispuestas a devorarme. La habitación se sumergió en una hosca quietud.
Ya te hablé de ella, de su belleza que dejaba sin respiración, de aquel horror que sufrí cuando me contempló, aunque por un instante, la primera vez. La bóveda laberíntica de mi cabeza vio sus labios rojos, entreabiertos, sus largas y negras pestañas, sus ojos execrables y llenos de sombras, su pavoroso bosque de cabellos.
Allí inclinada sobre mi, tenía algo de impío, tanto en la seducción de su sonrisa como en el brillo de sus ojos y la lujuriosa pose de su voluptuoso cuerpo. Cada gesto y cada uno de sus movimientos la apartaban del comportamiento normal de las mujeres; su belleza indómita no estaba sometida a ley alguna, estaba hecha para enloquecer, para hacer que un hombre se volviese ciego e inconsciente, despertando en él las desenfrenadas pasiones propias de nuestros antepasados antropoides.
Cuando parpadeaban sus ojos, en ellos se proyectaba la lujuria, la endemoniada crueldad y la perversidad monstruosa que han atemorizado a los hombres desde los primeros tiempos, desde que descendieron de los árboles.
¡Judit! ¡Judit! ¡Judit! Repetí mil millones de veces aquel espantoso nombre.
¡Cielos, qué abismos y cumbres de horror acechan en ese nombre! Enloquecido por las heladas puñaladas de sus horrendos ojos, me convirtió en una ruina sangrante, sacó de mi cuerpo el alma y el ser, sumergiéndolos en un río de lava ardiente. ¿Se recuperará mi mente de lo que vi? Hoy creo que jamás lo hará.
Nunca, ni en los peores momentos del ansia de beber, experimenté nada parecido. Ardí con el calor de mil volcanes y me helé en el frío de su mirada, que ningún hielo puede igualar. Las palabras de Robert E. Howard vineron a mí atormentado entendimiento y bajé arrastrándome hasta los más hondos pozos del tormento y ascendí hasta las torturas más encumbradas, miles de harpías aullantes me rodeaban, gritando y rajándome con sus infestas garras. Cada uno de mis huesos, cada una de mis venas, cada una de mis células, sufrí entre gritos el dolor que jamás nadie ha sentido, desintegrarse mi cuerpo, y esparcirse átomo a átomo, ensangrentado, por el Universo de las Sombras. Pero cada uno de esos átomos, cada una de esas células, juntas y por separado, se mantenían unidas en el suplicio a mi mente, gritando, rabiando de dolor. Y en un movimiento absorbente, volvieron a unirse, a integrarse, para hacer más agónico el tormento.
Entre los vapores ardientes del volcán, los ojos fuera de sus órbitas, sufriendo el abrazo del frío mortal, me oía gritar mientras mis manos se convertían en garras y me arañaba con desesperación. Laceré nuevamente mi carne, en un frenesí agónico que me hacía comprender que estaba vivo, que ese dolor era signo de vida, que viviría mientras fuese capaz de rajar mi propia carne con mis manos.
Con un alarido bestial, me abalancé sobre la botella que había en la mesilla de noche y frenéticamente bebí. La cogí con ambas manos, apenas consciente de lo que estaba haciendo, apreté con tal violencia que el cristal estalló entre mis dedos. La mezcla de líquido, sangre y cristales cayeron sobre mi garganta y mi pecho.
En la miseria de mi degradación, el líquido era un puñal de lava ardiente que me atravesaba el corazón y que hacía revivir, de un modo extraño, los escasos momentos de consciencia que había vivido en los últimos tiempos, antes de iniciar la búsqueda, cuando era un niño que corría por los trigales, acariciando las coronas de las espigas, recuerdos que sospechaba que mi torturada mente perdería en aquella jornada. ¡Ya eran lejanos y borrosos los momentos que viví con la única mujer a la que pude amar! El negro mar del olvido se había interpuesto entre ellos y yo.
Cuando desperté me encontré en una solitaria calle. ¿De dónde habían surgido aquellas atalayas que brillaban entre la niebla? Sus luces me llamaban de un modo extraño. Parecían latir, estrellándose contra mi cerebro. Me apreté con fuerza las sienes doloridas, luchando por hacer que mis pensamientos volviesen del laberinto caótico en el que se habían extraviado. La niebla danzaba con formas extrañas y siniestras. Se acercaba hacia mí.
Cuando los espectrales dedos de la niebla estuvieron a punto de atraparme, fríos como manos de cadáveres, entré en una habitación. Espantosa escena de muerte me aguardaba, cientos de esqueletos, calaveras, huesos, carne podrida, su hedor me asfixiaba, las ratas corrían entre los despojos y detritus humanos, los reptiles se escabullían entre los huecos de los ojos de las descarnadas calaveras. ¿Dónde me encontraba? ¿De dónde habían surgido aquella obscena locura, negra y terrible?
Permanecí inmóvil, en mitad de la estancia. Primero lo atribuí a mi caótica mente, dominada por el alcohol, pero sabía que desde la profundidad de unas descarnadas cuencas oculares, unos grandes ojos ardían clavados en los míos, ojos que doblegaban mi alma y mi entendimiento, clavándome en el suelo. Aquella masa de carne putrefacta, destrozada y comida por ratas y serpientes, se reía de mí. ¡Era ella!
¡En ese momento mi cabeza estalló! Las atalayas se tambalearon y cayeron, una gran columna de humo ascendió desde los infiernos, torbellinos de maldad escaparon de las profundidades de la noche y ascendieron a los cielos. Sin ser consciente de ello, había alcanzado el revólver y convertido mi cabeza en un castillo de fuegos artificiales. Caí y no fui consciente de nada más.
Me hundí en un mar de inconsciencia.


© Francisco Javier Illán Vivas




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