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 Tus textos en Radio IB3
 Blanca Miosi

El Rincón literario de tres de nit - Promoción de autores de El Recreo en Radio.
 
Blanca Miosi
Publicado por Papillon (Original de - Radio IB3) 24 Agosto 2006 15:18
5 Pts : 1 Votos

Miércoles 26 de julio de 2006


El Rincón Literario de 3 De Nit viajó a Venezuela, para entrevistar a Blanca Miosi. Sandra Llabrés y Joana Pol conversaron con esta escritora desde la IB3-Radio, descubriendo a los oyentes no a una autora novel, sino a una escritora muy consolidada aunque aún poco conocida en España (aunque su novela EL CONDOR DE LA PLUMA DORADA fue finalista en el concurso de novela del prestigioso portal Yoescribo.com). Gracias a la calidad de sus obras, pronto eso cambiará.



Lema


Espero que mis obras sean leídas algún día, y más que eso, espero que dejen huella

Biografía


El pacto, Publicada por Athena Press, año 2004
La búsqueda,
Dos caminos, un destino
Enviado de los dioses
Octavia y Franchesco
La última portada,
El cóndor de la pluma dorada
La hija de Hitler
Dimitri Galunov

Manifiesto


Me gustó leer desde pequeña, y eso se lo debo a mi madre porque era la que me compraba toda clase de libros, ella también tenía esa afición y aún guardo la autobiografía que dejó inconclusa. Fui una niña solitaria y creo que es el motivo que me impulsaba a crear historias, las retenía en mi memoria y cuando visitaba a mis hermanas políticas les contaba lo que había hecho y dónde había estado durante el tiempo que no las había visto. Ver sus caras de asombro me regocijaba, pues todo lo que les narraba eran invenciones mías, eso, y vivir el mundo fantasioso de los cuentos y más adelante de las novelas me hacía muy feliz, pero nunca imaginé que algún día se me ocurriría ponerme a escribir.

Pasaron muchos años y mi vida dio muchos tumbos, cambié de país, vine de Perú a Venezuela hace años, y después de la muerte de mi madre en los primeros días del año 2000, empecé a leer la autobiografía que había dejado. Estaba escrita a mano, y también había partes de ella escritas a máquina. La soltura, la belleza y su forma de narrar me cautivó, fue entonces cuando decidí dar el primer paso. Es el legado que ella me dejó. Escribí El pacto, que trata de la historia de una mujer que logra que se le conceda su deseo más profundo: ser feliz. Es una novela si se quiere hasta cierto punto ingenua, escrita con las entrañas, que es como se hace la primera novela, las demás se escriben con el cerebro. Ahora, después de cinco años desde aquel primer envión, llevo escritas ocho más; como si quisiera recuperar el tiempo perdido, a un promedio de una cada seis meses, pero una vez que llegué a la octava, empecé a aprender. Estoy revisando la segunda novela que escribí: “La búsqueda”, y llevo más tiempo del que tardé en escribirla. ¡Y las que faltan! Pero el mundo de la escritura es así, comprendí que se puede tener mucha imaginación, pero también se debe tener el genio para saber pasarlas al papel. He aprendido a respetar a los que saben, escribir ya no me parece una tarea fácil, y creo que al reconocerlo empecé recién por el camino correcto.


Texto literario escogido: Extracto de la novela “Dimitri Galunov”, de B. Miosi



La oscura celda tenía una estrecha ventana enrejada por donde se filtraba la luz de la luna. Quedaba tan alta que era imposible llegar a ella, por lo menos para alguien tan pequeño como él. Se conformó entonces con ver el firmamento desde su cama, y mientras contemplaba las estrellas parpadeantes, finalmente se dio cuenta que tal vez nunca más podría ver el cielo como cuando corría libre por el bosque. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí. Sus recuerdos parecían habérsele borrado de la memoria y por más esfuerzos que hizo, no pudo aclarar en su mente los acontecimientos recientes, excepto del momento en el que sintió que una aguja se clavaba en su brazo sumiéndolo en la obscuridad. Unas horas o unos cuantos días, para él no hacían mayor diferencia, al fin y al cabo, estaba encerrado. La superficie del colchón era bastante más dura que su cama, hizo el intento de acomodarse mejor, pero no pudo hacerlo. Tenía los brazos cruzados y no podía moverlos. Parecían estar amarrados. Se impulsó hacia adelante y logró sentarse en cuclillas en la cama.
-¿Qué habría sucedido? –se preguntó.
Pero acostumbrado a permanecer por largo tiempo en soledad, le restó importancia al asunto. Nunca había tenido miedo de la soledad. Ni de la oscuridad. Cerró los ojos y trató de pensar en algo que le fuera familiar. Su mamá, siempre llamándole la atención, de ella sólo recordaba con agrado su pastel de manzanas. Su padre, en cambio, era muy cariñoso con él. Lo llevaba al bosque a cazar conejos aunque nunca pudo aprender, es decir, nunca quiso hacerlo. No le agradaba matar animales. Su hermano mayor, Wilfred, era indiferente con él, casi no le hablaba, ni le interesaba saber que sacaba buenas notas en el colegio. En realidad hasta quizá le molestase, porque eran lo únicos momentos en los que él, Dimitri, era el centro de la atención. Excepto el día que trajo al lobezno. Se armó tal escándalo en la casa que aún su padre, generalmente comprensivo con él, se mostró inflexible y le ordenó llevar el cachorro al bosque o de lo contrario, le dijo, lo mataría allí mismo.

Un grito desgarrador interrumpió la noche. Al poco tiempo, otras voces igual de lastimeras le siguieron, llenando el silencio con unos aullidos parecidos a los que haría una jauría de lobos. Dimitri se limitó a escuchar. Antes del pinchazo había escuchado que debían encerrarlo en un manicomio. Parecía que habían cumplido su palabra. No tenía quién le defendiera, sus padres y su hermano habían muerto quemados, y según decían, él, lo había hecho. En buena cuenta se sentía culpable porque debió llegar antes y no lo evitó. Se quedó jugando con el cachorro de lobo más tiempo del debido a pesar de que la voz le repetía insistentemente que fuera a casa. La voz... ¿Qué sería de ella? No había vuelto a escucharla desde la noche fatídica. De pronto, unos gritos ordenando silencio se mezclaron con los aullidos, esta vez los alaridos y lamentos se trocaron en exclamaciones de dolor, el sonido de chorros de agua se mezcló con el ruido acallando los gritos poco a poco, hasta dejar la noche otra vez sumida en el silencio. Levantó la cabeza y volvió a mirar el cielo a través de la pequeña ventana, esta vez la luna hacía su recorrido frente a él, se aferró a su imagen dejando a un lado los gritos, el incendio, las inyecciones, las acusaciones y los guardó en lo más profundo de su cerebro. Ahora él estaba allí, en aquel extraño lugar, y su instinto le instaba sólo a sobrevivir. No sentía pena, ni culpa, no extrañaba nada, excepto por aquel cachorro de lobo. ¿Qué habría sido de él? Por lo menos estaba libre.
Una mujer corpulenta vestida con un blanco uniforme almidonado le abrió un ojo. Despertó sobresaltado, mientras veía la sonrisa displicente en la cara de la que parecía ser una enfermera a pocos centímetros de su rostro. Su aliento olía a tocino mezclado con café.
- Hola Dimitri – saludó la fortachona.
- Hola – contestó él.
- ¿Sabes cómo te llamas?
- Dimitri Galunov.
- ¡Ah! Correcto – contestó la mujer leyendo unas notas que tenía en la mano.
- Y ¿Sabes por qué estás aquí?
- No.
- ¿Sabes dónde está tu familia?
- Murieron.
- ¿Sabes cómo murieron?
- Quemados.
- ¡Ah! Correcto – repitió la mujer corroborando las notas, como si cada contestación mereciera una evaluación.
- ¿Sabes quién los quemó?
- No.
- Humm... No. No es la respuesta correcta – dispuso la mujer mientras movía la cabeza negativamente.
- Yo no lo hice–. Recalcó Dimitri.
- Eso no fue lo que dijeron quienes te trajeron. ¿Te gusta jugar con el fuego? – Preguntó ella con la misma sonrisa.

Dimitri permaneció callado. Tomó la decisión de no hablar con aquella mujer. Parecía estar loca. La enfermera le siguió haciendo una serie de preguntas: como cuál era su dirección, nombres de sus amigos, si recordaba el nombre de su profesor, si sabía la dirección de su casa, etcétera. Pero él únicamente miraba al frente, había dejado de mirarla, de olerla, de oírla. Había entrado a sus tinieblas, único lugar seguro, donde nadie lo molestaba jamás. No podían entrar allí. Era un lugar tranquilo, silencioso, olía a hierba fresca y podía corretear por el pasto.

La enfermera le desató la camisa de fuerza. Se dejó llevar mansamente por unos pasillos, hasta detenerse frente a una puerta. “Dr. James Brown – Director”, decía el letrero. El hombre sentado frente a un escritorio levantó la vista y vio a un niño pequeño y delgado, de cabello castaño y ojos negros, con la mirada perdida, como si se hallase en otro lugar. En efecto, Dimitri vagaba por las praderas de su mundo velado. Él podía ver lo que ocurría a su alrededor, pero seguir en su mundo. Había aprendido a hacerlo desde siempre, desde que escuchó discutir a su madre recriminando a su padre por haberlo recogido del bosque. –¿Del bosque?– agrandó los ojos saliendo de su ensoñación y con los sentidos en alerta descubrió que acababa de recordar algo que no sabía –sí. Él había sido recogido del bosque... como el cachorro. La familia que había muerto no era la suya.


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