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 Tus textos en Radio IB3
 Armando Cubas Morales

El Rincón literario de tres de nit - Promoción de autores de El Recreo en Radio.
 
Armando Cubas Morales
Publicado por Papillon (Original de - Radio IB3) 23 Julio 2006 16:13
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Miércoles 10 de marzo de 2006


Sandra Llabrés y Joana Pol entrevistan a Armando Cubas Morales, el autor de "Crónicas de Atlántida"



Lemas


“Lo más difícil de servir a los hombres radica en sortear el desparpajo con que ellos se empeñan en demostrar que no lo merecen” (Libro de Ys).
“Es sólo un acto de poderosa voluntad lo que mantiene unidos todos los átomos del Cosmos” (El Secreto del Fuego).


Música


Con la lectura del fragmento de Libro de Ys pudo escucharse de fonodo el 2º movimiento —Adagio— del 2º Concierto para piano y orquesta en do menor de Rachmaninov. Durante el resto del programa escuchamos entre otras la Música del Fuego Mágico de La Walkiria, de Wagner.


Manifiesto


En afirmar que los humanos desperdiciamos el talento a raudales, no hay novedad alguna. Tal vez recuerden Vds. la parábola evangélica del sembrador: según en qué terreno caiga, la misma semilla muere, produce una magra cosecha o reditúa el ciento por uno. Ahora mismo, niños con una capacidad equivalente a la de Einstein, Beethoven o Miguel Ángel están pasando por la vida sin tener idea de lo que es un guarismo, una corchea o un cincel y, a lo sumo, van a aprender a deletrear si, tras haber estado trabajando todo el día como adultos, aún les quedan ganas de andar los cinco kilómetros a que se encuentra la escuela de la misión. Si, hasta bien entrado el siglo XIX, excepción hecha de algunas reinas y santas, la historia humana sólo es masculina, ello no se debe a que, durante la revolución industrial, el sexo femenino experimentase una mutación: de haber vivido en el Renacimiento, Maria Goeppert Mayer, Dorothy Crowfoot Hodqkin y Rosalyn Sussman Yalow, por poner algunos ejemplos, sólo hubiera podido ser madres y esposas o monjas; su sociedad no le hubiese dado ninguna otra opción.
Con lo anterior no he pretendido descubrir la sopa de ajo. Si lo he traído a colación es porque, desde que se inició este programa, han sido varios los escritores inéditos —algunos, de gran talento— que se han presentado ante Vds. para explicarles las dificultades con que tropiezan para dejar de serlo. Les han hablado del desdén de las editoriales, del amaño sistemático de los concursos, del inicuo absurdo de acallar las voces propias en beneficio de las extrañas… Y les han hablado también, cómo no, de la frustración que su forzoso silencio les causa, y de cómo esperan que este Rincón Literario les ayude a ponerle fin. Mayor bagaje del que poseían antes de aparecer en él, seguro que tienen ahora. En cualquier caso, a todos les habrán servido las opiniones de Sandra y Joana, e incluso puede que algunos se hayan sentido confortados por el mero hecho de que alguien, por fin, los haya tenido en cuenta.
Pero tal vez no sea ocioso recordar que la única razón para ser escritor es sentir en la entraña la necesidad de serlo. Cuando la editora de Libro de Ys —convencida como estaba de que no— me preguntó si yo disfrutaba escribiendo, tras pensármelo un rato, le contesté que suponía que sí, pero que no me preguntara cuándo. Lo mismo que las anteriores, había compuesto aquella historia procurando no pensar en la altísima probabilidad de que, finalmente, sólo dos llegaran a conocerla: mi gato y mi imagen en el espejo. Y cuando, desde una idea atascada o una frase cuyas palabras se resistían a dejarse alinear, me asaltaba la representación de los anteriores fracasos, el único modo que tenía para exorcizarla, tirar los ingratos folios a la papelera e irme de paseo era repetirme que, a fin de cuentas, nadie me había demandado estar allí trabajando. Que yo sólo fuese capaz de vivir como obligación el hecho de escribir, podía ser tan faena como quisiese, pero que, por el cumplimiento de las obligaciones, no cabe pedir otra recompensa que la satisfacción del deber cumplido.
El reconocimiento ajeno, la fama, la gloria… nada de eso tenemos derecho a esperarlo. Ni siquiera, la seguridad de que nuestro trabajo es bueno. Quien, ignorante de esto, se acerque a la literatura en pos de recompensas, digámoslo así, terrenales, ha equivocado el camino de medio a medio. Antaño, durante el auge del folletín, algunos literatos sí que llegaron a ser héroes populares. Mas hoy, tan prestigiosa categoría se encuentra restringida al ámbito de los futbolistas, las estrellas del pop y el rock y los personajes y personajillos vendedores de intimidad criados a sus pechos por las televisiones.
“Sí”, me responderán, tal vez, Vds., “pero un libro es un hecho del lenguaje, y el lenguaje sólo tiene sentido como vínculo; esto es, en presencia de, como poco, dos. Por el propio mecanismo de las cosas, si escribir es una obligación, dar a conocer lo escrito forma parte de la misma obligación”.
Ahí es donde nuestro trabajo, el trabajo del escritor, debería terminar, y comenzar el de las editoriales. El rasgo más perturbador de ese paradójico deber‑necesidad es su decisiva vertiente ajena; el que, para rematarlo, necesitamos el concurso de una voluntad sobre cuyas decisiones carecemos de toda influencia. Y una voluntad que, por cuanto activada según vectores distintos a los nuestros, puede negarnos ese concurso, y que, es más, lo hace casi por norma.
Por si, de lo hasta aquí dicho, aún no se dedujese claramente mi postura, voy a especificarla con todas sus letras: para quien haya escrito un libro como se debe —es decir, volcándose— la obligación de publicarlo cuenta, como se dice en Derecho, “entre las perentorias”. Porque ningún trabajo ni desengaño va a recomerle más que la acusación de esa obra en que confía amarilleando despacio en una carpeta.
Así pues, que no se canse pronto, ni se deje intimidar por el miedo al rechazo. Y que tenga presente que unas malas, incluso unas muy malas condiciones de edición siempre van a ser mejores que ningunas. Puntualizar esto acaso parezca ocioso, pero no lo es en absoluto, con miras a lo que ahora viene.
Y lo que ahora viene es preguntarnos cómo contribuye la industria editorial española a la realización de ese deber‑necesidad que constituye el hecho de escribir. La respuesta, hubiera podido traerla con palabras más bonitas, pero no tan pocas ni tan claras: cumple detestablemente. La especificación del porqué nos vendrá de suyo tan pronto como hayamos desmontado uno de los tópicos de uso más corriente: el de que, en España, se está editando demasiado.
En España no se está editando demasiado; en España se está traduciendo demasiado. Ese mercado del libro de cuya saturación todos —editores, distribuidores, libreros…— se quejan o dicen quejarse, lo está de títulos escritos originalmente en idiomas extranjeros. Quien quiera la prueba, que se acerque al mostrador de novedades de cualquier librería y repase los anaqueles. El hecho de que algunos de los nombres ingleses que verá estampados en las portadas se correspondan, en realidad, con seudónimos de autores españoles, lejos de refutarla, confirma la anterior tesis.
Así es, señoras y señores. Y así va a continuar siendo. Y cuanto antes nos hagamos a la idea, antes habremos comenzado a adaptarnos: de los cuatro tipos del terreno aludidos por el evangelista, a los escritores españoles actuales de literatura fantástica nos ha tocado el espinoso: “(…) Otra parte cayó entre espinos. Crecieron los espinos y la sofocaron”.
Las editoriales españolas del género han reducido su tarea a traducir los títulos exitosos en el ámbito lingüístico más vasto y rico del mundo —el anglófono— para su difusión en el segundo, el hispánico. ¿Es de veras tan grande la diferencia de calidad como para justificar que, por esa regla de tres, casi toda la producción autóctona haya de quedar fuera del mercado? Podemos suponer que, entre lo grotesco y lo sublime, se encontrará toda la gama de grises. Y he escrito “podemos suponer” porque ningún profesional de la edición evalúa seriamente esas obras. Como, por otra parte, cualquier otra empresa, las editoriales, al realizar su programación, no pueden tomar en cuenta el material ni pedido ni deseado. ¿Para qué gastar entonces dinero y tiempo leyéndolo?
Esto, naturalmente, ellas nunca van a reconocerlo. Con todo empaque, afirman leer cuanto se les envía y que, cuando rechazan un original, es porque no merece ser publicado. Pero tales aseveraciones hay que tomarlas como lo que son: simples lemas publicitarios; un modo indirecto de proclamar que “lo suyo es lo mejor”. Me consta que algunos editores ni siquiera leen lo que publican. Podría dar el nombre de algunos —y de agentes literarios— que, de regreso de la Feria de Francfort, se jactaba de “haber comprado para tres años”… basándose en resúmenes de folio y medio.
¿Cómo compaginar la antes aludida obligación‑necesidad tan acuciante para el escritor con el nulo interés en favorecer su cumplimiento de quienes monopolizan los canales de difusión y distribución? Con carácter general, no tengo ni idea. Sólo puedo recordarles a Vds. el problema, que son quienes tienen, después de todo, la última palabra, y decir lo que me ha valido a mí: porfiar, porfiar y porfiar, siempre al quite de una rendija por la que poder colarse.
Con paciencia y buen ánimo. Y sin permitirse creer ni por un momento que se está perdiendo el tiempo. ¿En qué otro asunto de mayor interés puede ocuparse uno que en aquél para el que siente que ha venido al mundo?
Datos biográficos
Armando Cubas se ha descrito a sí mismo como un paradójico ganador… de premios de consolación y pedreas. Tres cosas hay en la vida, según la canción: salud, dinero y amor. Él, aunque trabajando duro, se ha hecho con las tres. Pero el éxito literario, lo que más ha deseado desde niño, siempre se le ha mostrado esquivo. Hasta ahora, en que todavía está por ver qué pasa.
A los trece años, tenía ya novelas escritas. En una, se atrevió con la crisis del siglo III. Cuando aún no había empezado a afeitarse, dejó temporalmente la ficción… para meterse a escribir una Historia Universal. Se quedó en la alta Edad Media, pero recopiló material hasta los siglos XIII y XIV europeos. Todavía conserva los tres volúmenes que completó.
Interrumpió el trabajo cuando, al hablar de él a su profesora de Historia del Arte, la dama no tuvo mejor idea que ridiculizarlo delante de toda la clase. Cosas de la educación de la época. Rencoroso como es, asegura no haber perdonado a Dante que, cuando visitó en su compañía los infiernos, aquella bruja no se encontrara entre Judas y Bruto en las mandíbulas de la Bestia.
A raíz del trauma, llevó luego en secreto durante años la excentricidad de que escribía. Tan en secreto, que varias personas de las que ha amado han entrado y salido de su vida sin sospechar siquiera que cultivaba “esa afición”. De quienes le ordenaban que fuese “como todo el mundo” —o sea, “que marcase paquete”, le gustasen el fútbol y la televisión e hiciese profesión de fe en el automóvil—, él se vengó haciéndose muy antipático, enamorándose de la Antigüedad greco‑latina, detestando los espectáculos deportivos —y los automóviles— y leyendo vorazmente. Esto último, su voracidad lectora, iba a reportarle durante su adolescencia un gran beneficio, dada la época: enterarse de que, en los libros de los sesenta, abundaban las descripciones tan sexualmente explícitas como se quisiera. Bastaba con el autor no militase abiertamente contra el franquismo —en cuyo caso, la obra se prohibía, pero aunque versara sobre cocina— y que el volumen fuese lo bastante gordo como para dar que pensar a los censores: “¡Total, para cuatro pirados que van a leerlo…!”.
Se llevó su primer coscorrón en eso de publicar a los diecinueve años, justo antes de irse a la “mili”. Testimonio, se llamaba la novela rechazada. Encima, como no tenía dinero para fotocopias, el original que había mandado a la editorial no le fue devuelto. ¡Igual después han escrito un best seller con su idea…! De ser así, mejor que no se entere, porque la obra tampoco estaba registrada.
Repitió sus esfuerzos a los veinticinco años y a los treinta y pocos, cosechando idéntico éxito que a los diecinueve: o sea, ninguno. En la “mili”, había comenzado a pergeñar la mitología desde la que, luego, iban a cristalizar las Crónicas de Atlántida. Armando, que se ha descrito a sí mismo como aedo, trazó el primer bosquejo de esta obra según los modos del oficio de Homero: como narraciones orales, y dejándose guiar por su instinto sobre cómo atraer al público y mantenerlo atento. Lira, Clito, Eole, Idamante, los Reyes Atlas y Hor de Hésperis, nacieron como protagonistas de cuentos en los bancos de la calle, después de que hubieran cerrado los bares, y en las odiosas vigilias del cuarto de guardia, a las que aquel huraño —y enamorado— soldadote se llevaba papel y bolígrafo para poder escribir apoyado en la bota.
Por los días en que mataron a Carrero Blanco, estaba ayudando en la campaña de Navidad de unos grandes almacenes, a la vez que estudiando 2º de Periodismo y preparando unas oposiciones al —entonces— Instituto Nacional de Previsión. Como prueba de que sabe organizarse y de que no teme trabajar duro, bastará con decir que no sólo llevó adelante las tres cosas —y aprobando curso de universidad y oposiciones incluso con nota—, sino que aún encontró tiempo para tontear con la militancia izquierdista de la época.
El trabajo que las oposiciones le depararon, y que se había buscado con fines exclusivamente alimenticios —como, en su casa, eran cuatro hermanos y el dinero no sobraba, desde niño había tenido muy claro que, si quería Universidad, tendría que pagársela él—, pronto empezó a darle alegrías. A los veintiocho años, aprobó dos oposiciones a la vez, simultaneándolas con un cáncer —la enfermedad de Hodkin— que, por lo menos, tuvo el detalle de no manifestarse hasta pasado el último examen. Una vez convaleciente, para recobrar el tono, inició su segunda carrera—Relaciones Laborales— y, casi coincidiendo con su finalización —y con su tercer fracaso en lo de publicar una novela—, obtuvo plaza en la unidad del Ministerio de Trabajo encargada de la elaboración técnica de las leyes y normas sociales. Armando ha seguido los pasos de Kafka en lo de ganarse el pan trabajando para la Seguridad Social, pero no en lo de considerar ese empleo una afrenta personal del Hado. Aunque, en sus treinta años como funcionario, no siempre ha encontrado motivos de disfrute en los puestos por lo que ha ido pasando, nunca ha llegado a vivir el domingo por la tarde como una autopsia. Está moderadamente contento de su remuneración y no se cura de decir que el Derecho es “la otra parte de su alma”: después de todo, a uno acaba gustándole aquello en lo que destaca, no al revés. Pese a lo cual, nunca se le había ocurrido representarse el trabajo como una alternativa a su actividad literaria.
Un informe elaborado por él vino a caer en las manos adecuadas: las de cierto catedrático que, aparte de ocupar en aquel momento un alto cargo administrativo, era subdirector de una prestigiosa revista jurídica. Ante el asombro de nuestro autor, un día le telefonearon desde la planta del Ministerio “a la que nadie sube”. Bajó trayéndose la propuesta de ampliar el informe de marras e insertarlo con todos los honores en “la revista”: en “aquella revista” para publicar en la cual magistrados y catedráticos hacían cola.
Nunca, ya está dicho, se había planteado en serio escribir sobre temas jurídicos. Era una novela —Antares— lo que, por aquellos días, le estaban devolviendo, una vez más, todas las editoriales en que la había presentado. Fácilmente se puede comprender que, la noche de aquella inesperada entrevista, se jurara “pasar ya de tanta tontería” y concentrarse en atender lo que tan inequívocamente se le presentaba en aquel momento como “la llamada del Hado”.
Durante años publicó lo que quiso en materia jurídica, sin que le rectificasen una coma ni le regatearan un céntimo. Mientras, el trabajo que compaginaba como “negro” del Consejo de Ministros y de las Cortes Generales, seguía deparándole satisfacciones. Aunque no sea con la firma propia, debe causar una sensación muy extraña verse publicado en el BOE. Nadie va a hacerse cruces porque los ministros no redacten de su puño y letra las órdenes que sus departamentos expiden. De ellos emana la autoridad democrática; justo para que aporten la técnica es que todas las administraciones cuentan con profesionales y expertos.
Pero, aunque procuraba contentarse con ese público de jueces, profesionales y funcionarios, nuestro autor sabía que algo faltaba. Que, por mucho que se lo repitiera, no se puede hacer pasar por “tontería” algo con lo que se venido ha soñando desde niño.
No se escribe por la fama, ni por el dinero, ni siquiera porque guste hacerlo: se escribe porque “se lleva el diablo dentro”. Tratando de soslayar esa —triste— realidad, Armando estudió otra carrera, aprendió inglés y francés, se buscó y consiguió ascensos… Mas no logró sustraerse al mudo reproche del cajón en que yacían sus novelas inéditas. ¿Hubiera podido no dolerle el fracaso de su más anhelado sueño?
Cuando se le hubieron acabado las excusas, se plantó ante el autor de su fortuna administrativa, el subdirector de “la revista”, le contó el argumento de Libro de Ys y le avisó de que, hasta que terminara de desarrollarlo, iba a suspender sus colaboraciones por falta material de tiempo. No sin cierta pena confesó más tarde a una amiga que, mientras su protector asentía y sonreía, creyéndolo en realidad afectado por el síndrome de Peter Pan, se estaba preguntando cómo podía haberse equivocado tanto con él.
Una pequeña editorial andaluza sacó por fin Libro de Ys el día en que cumplió cuarenta y nueve años. Aunque había empezado a escribirlo en 1998, recién acababa su tercera carrera, cuatro años más tarde, apenas si llevaba escritas cincuenta páginas. Tomada la decisión de volver a las andadas, completó las restantes trescientas en poco más de un año.
Y hasta aquí. Porque todo el resto es presente.

Obras (I)
Libro de Ys
Argumento


Atlántida es el Reino secreto de los descendientes de Prometeo, el titán que proporcionó el fuego a los hombres. En él habitan unos hombres muy especiales: los dotados de una voluntad lo bastante poderosa como para forzar al Hado a incluirlos en sus designios. La maduración de ese tipo humano ha sido la meta de un largo camino cuyos modestos primeros pasos se dieron, gracias a la recuperación de la magia, en un tiempo y lugar que estaban a punto de presenciar el retroceso de los hombres a la condición de bestias. Dicha magia salvadora consiste en el doble poder de curación y transformación, atribuido a los humanos en pugna con los de mando y defensa, propios de los dioses. Y el vehículo para la restauración de la magia fue el renacimiento del sueño de la Edad de Oro.
El ciclo Crónicas de Atlántida está dedicado a desarrollar toda la anterior historia. En Libro de Ys, asistimos al intento de reconstruir el primer Reino de los hombres tras el fin de la Guerra por el cielo. Intento, a la larga, fallido, porque, conforme a la promesa de Poseidón, sólo en la gran isla situada frente a las Columnas de Heracles habá de ser que su estirpe more por siempre feliz y libre. En la vastedad de los designios del Hado, los quinientos años que llegó a cumplir el Reino de Ys, enucleado en torno a su bella capital, la ciudad de Poseidonia, tenían como único objetivo refrenar la decadencia humana y, sobre todo, iniciar el grupo que, con el tiempo, llegaría a ser la gente del Rey.
El camino hacia el Reino atlante empezó cerca de donde el río Océano, tras haber dejado Thule atrás, gira para rodear a Gea por el lado de poniente. Allí, un grupo segregado de la gente de los libros —los descendientes de los once hijos habidos por el dios Poseidón y la maga Clito— osó dar a la promesa de su Padre, de que los protegería mientras no construyesen sus casas sobre el nivel de la marea, una interpretación diferente. Hasta entonces, ellos y sus antepasados habían morado sobre barcos, temerosos de la tierra firme; pero, tras un esclarecedor viaje de Lira, su dinasta, al oráculo de Poseidón en Corinto, aquel grupo de valientes dio en pensar que, si desecaban y reforzaban con diques un piélago de islotes formados de aluvión en el delta del río Erídano, no sólo habrían erigido un gran puerto y una hermosa ciudad anfibia, sino que continuarían acogidos a la sombra del dios. Por cuanto sus casas no habrían dejado de estar bajo el nivel de la marea.


Obras (II)
El Secreto del Fuego
Argumento



Tras diez años de combates -—diez años divinos equivalen a mil cien humanos—, los dioses han logrado expugnar la residencia de los titanes y sumirlos en el Tártaro, junto con todos sus siervos. Pero la toma de la fortaleza de Otris no ha proporcionado a Zeus el botín por el que se lanzó a la guerra: la Égida, cuyo dominio confiere, a través de la omnisciencia, la capacidad de disposición sobre las fuerzas naturales.
Cuando Cronos, el Viejo Rey de los titanes, hubo comprendido que su causa estaba perdida, había puesto a buen recaudo el más sagrado de los talismanes confiándoselo a una criatura de naturaleza equívoca, pero de valor y fuerza equiparables a los de Zeus. Incapacitados así de ejercer en plenitud el privilegio divino, cuando las criaturas supervivientes se vuelven hacia los dioses triunfantes para demandarles el alivio de sus penas, el cielo siempre les pone oídos sordos: sin la Égida, proclama Zeus, no se pueden remediar los males de fondo ocasionados por el conflicto; y, si se lanzara a arrebatársela a su custodio, tratándose de una criatura tan fuerte, cabe el riesgo de que en la confrontación quede arrasado lo poco que permanece en pie.
No bien hemos franqueado la puerta de este atribulado Cosmos, asistimos a la noche en que el Hado acaba de mostrar en el cielo, para que los empavorecidos ojos divinos lo lean, cierto párrafo de la tablilla en que están escritos sus más oscuros designios: si en veintiuna jornadas las dos estirpes de la casa Uránida, la humana y la divina, no han remediado los destrozos causados por la guerra, dándolo por inútil para el fin que lo inspiró, pondrá fin al presente universo. El pavor de los dioses supera toda medida; no tanto por la dificultad que entraña su propia tarea —recobrar la Égida—, sino ante la imposibilidad de que el otro linaje, el de Prometeo, cumpla la suya: la primera disposición de Zeus nada más llegar al poder había sido ordenar el asesinato de todos los que llevasen en sus venas una gota de la sangre del Portador del Fuego.
Estos son los primeros pasos de un periplo mágico, lleno de imaginación, a que el autor nos invita, atravesando los estupendamente descritos parajes del universo que ya nos mostró en su Libro de Ys. Mejor que yendo sobre los pies, sintiendo con el corazón de unos personajes no por fantásticos menos vivos y complejos, develaremos las verdades a medias y mentiras completas con que los inmortales acicatean el imposible anhelo de libertad de los hombres para obligarlos a realizar lo que, de todas formas, el inexorable Hado tiene previsto que se cumpla.


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Comentarios
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   El programa de Armando Cubas Morales ( TitoLivio - 01 Agosto 2006 08:04)   
Ya leí este guión en el blog de Tres de Nit y me pareció buenísimo. Con él me consolé por no haber podido escuchar el programa.

Lo que pensaba al respecto, ya lo escribí allí. Ahora, sólo voy a firmar en apoyo de su mayor difusión y de cualquier otra medida que contribuya a dar a conocer a los buenos escritores.
 

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